España, el retrato de un adiós doloroso

Foto/Francisco Leong

La desesperación de Iago Aspas es la imagen del doloroso adiós al Mundial de la selección española. Las lágrimas vertidas sobre el césped del Luzhniki dan forma líquida al drama vivido por el fútbol español en Moscú. Sirven para ilustrar, para acompañar tertulias y crónicas, pero de ellas no se puede extraer ningún argumento que explique las razones de una eliminación cruel.

Iago Aspas es solo la foto final de un trayecto tortuoso lleno de trampas, un camino recorrido a base de decisiones, algunas dudosas y otras claramente equivocadas, cuyas consecuencias han acabado con la esperanza de bordar la segunda estrella en la camiseta roja de la selección.

Un futbol insuficiente

España no pudo marcar ni un solo gol a Rusia en 120 minutos. El único que subió al marcador lo forzó Sergio Ramos, pero lo marcó Ignashevich en propia puerta. El equipo de Fernando Hierro se estampó una y otra vez contra el ejército ruso que protegía la portería de Akinfeev. Gran parte de la culpa es del seleccionador, cuyo error más grave fue claudicar antes las presiones del entorno madridista. Suyo será el honor de haber convertido en suplente al héroe de Johannesburgo en su último partido con la Roja. Hierro aceptó minimizar el fútbol de su equipo metiendo a Asensio. Rectificó tarde.

El dato más estéril

El malagueño presumió de acabar el Mundial sin haber perdido ni un solo partido, un dato tan estéril como el fútbol practicado durante todo el torneo. No perder no es garantía de ganar: la única victoria fue el ratíco 1-0 a Irán. Empates ante Portugal, Marruecos y Rusia, una combinación perfecta para obtener el billete de vuelta a casa jugándoselo todo a los penaltis. Hierro no encontró la tecla que hiciera fluir el juego del equipo. Sentó a Iniesta, pero no se atrevió a hacerlo con Silva. Tampoco se atrevió a jugar con un ataque en el que Diego Costa, aislado, no se sintiera tan solo. El hispano-brasileño arrancó bien el Mundial, pero se fue diluyendo mientras Aspas y Rodrigo esperaban su oportunidad marchitándose en el banquillo.

El Mundial no regala segundas oportunidades. Es un torneo que castiga los errores y premia a los valientes. De Gea ejemplifica el paso español por tierras rusas: no hizo nada mal, pero tampoco nada bien. Y para alzar el trofeo hay que lanzarse al vacío sin mirar atrás. La falta de sustancia es sinónimo de fracaso. Sin delantero centro ni portero es imposible ganar un Mundial. La apuesta de Hierro ha sido un sí pero no, conducir con el freno de mano puesto. Meter solo la puntita. O la electricidad de Thiago o la contención de Koke. La realidad terca de Iniesta o la promesa inacabada de Asensio. La pelea mecánica de Diego Costa o la inspiración en racha de Iago Aspas. El asador pedía chuletones a paladas y Hierro solo echaba salchichas con las pinzas. 

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