EL RELATO DE UNA NICARAGUENSE QUE FUE ESCLAVA SEXUAL DE LOS CÁRTELES DE MÉXICO

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Una nicaragüense narró su historia como esclava sexual al medio mexicano Vice. Trabajaba en una maquila en Nicaragua cuando fue convencida por una mujer de asistir a una reunión para obtener un préstamo. Las deudas la consumaban y la pobreza le asediaba por lo que no fue difícil de convencer. Interceptadas de camino a “la reunión”, empezó el calvario para ella y otras 15 mujeres, mientras que la guía salió ilesa del atraco. Viajó sin darse cuenta hasta México, donde fue iniciada en lo que serían siete años bajo cautiverio, primero dando sexoservicio en los primeros quince días de su rapto, donde fue castigada por las quejas de los clientes, hasta que finalmente fue trasladada como paquete de mensajero una a una de las raptadas. La nicaragüense fue la última entrega en Laredo. “A veces, cuando estaba con un cliente, me enteraba del mes o del año porque salía en la conversación. Pero si la gente que me tenía [secuestrada] me escuchaba preguntar algo así, me golpeaba muy feo, así que no lo hacía. No podía escuchar radio, ni televisión, ni leer periódicos, ni nada. Dormía en una casa de ellos, me llevaban con los clientes, a hacer cosas muy feas, me quitaban el dinero y me regresaban a dormir”, cuenta a Vice. Sus familiares en Nicaragua denunciaron la desaparición, pero al paso de 2 o 3 años se resignaron a creer que había fallecido, mientras ella era una esclava sexual de “Los zetas” y luego del “Golfo de Sinaloa”, dos de los cárteles más violentos de México.
  • "Yo no estuve en una casa de seguridad, como se guardan a los secuestrados. Cuando es trata de personas, es diferente porque no hay rescate, ellos quieren que tu familia piense que estás muerta para que no te busquen. No te guardan, te ponen a trabajar, te sacan a la calle, a los bares, a los tabledance. Parece que eres una mujer libre, pero no lo eres".
Pensó que había estado secuestrada por cuatro o cinco años, pero en realidad fueron 7, según le informaron las autoridades cuando logró escapar con ayuda de un habitante de Tamaulipas. De ese capítulo de su vida no da tantos detalles, pues quien le ayudó para su fuga, aún vive en esa zona de México. “Yo sólo pensaba en mis hijos... yo decía, 'Diosito, ayúdame, no me dejes morir aquí, déjame vivir para encontrarme con mis hijos, seguro me están buscando'. Me enojé con Dios, sí, la verdad, pero él no me abandonó”, asegura. Cuenta que cuando llamó a su casa en Nicaragua, su madre tenía un tono inexpresivo, frío, incrédulo. Ella le retó a preguntarle lo que fuera para que confirmara que ella no estaba muerta, ni se trataba de un fantasma o una mala broma. Cuando al fin la anciana comprobó que era su hija ambas explotaron en alegría hasta que su encuentro se completó al regresar a su país, reircorporarse a una vida justa, sin violencia, sin prisión, como debió ser. Tambaleándose de los nervios, descendió del avión, mostró sus documentos y al pasar a la sala exterior donde esperan los familiares vio a un jovencito y una mujer mayor. Era su madre e hijo, que le esperaban después de siete años de esclavitud.