La poesía afrocolombiana: tambores y danzas que retumban bajo nuestros pies

A través de su labor, los fundadores de esta editorial dieron cuenta del ritmo único que seguían estos negros versos, de la cosmogonía que se negaban a olvidar y del sufrimiento que desean limpiar

En alianza con el Ministerio de Cultura, Apidama Ediciones se ha dado a la tarea de divulgar la poesía de mujeres colombianas, en especial, de mujeres afro. A través de su labor, los fundadores de esta editorial dieron cuenta del ritmo único que seguían estos negros versos, de la cosmogonía que se negaban a olvidar y del sufrimiento que desean limpiar.

 “¡Acuérdate de mí!… Cerca a mi tumba/ no pases, no, sin darme una oración;/ para mi alma no habrá mayor tortura/ que el saber que olvidaste mi dolor”, empieza Lord Byron. “Pero cuando el acceso de atroz melancolía/ se cierna repentino, cual nube desde el cielo/ enjuga tu tristeza en una rosa temprana/ o en el salino arco iris de la ola marina”, responde John Keats. “Mi vida, hecha de cuatro, con dos solos/ agoniza en tenaz melancolía”, insiste William Shakespeare. “Los dioses destinaron a los míseros mortales a vivir en la tristeza, y sólo ellos están descuidados”, concluye Homero.

Es una oda a alguna mujer amada y ya perdida. Es una oda que ondea entre las páginas que decoran todo el recinto de la editorial. Es una oda a un pasado que quisieran revivir. Guiomar Cuesta y Alfredo Ocampo, fundadores de Apidama Ediciones, recolectan los fragmentos de aquel pasado y, a lo largo de los años, lo han ido reconstruyendo como si se tratara de los fragmentos de un espejo roto.

Esta labor la iniciaron en 2002, como respuesta a la imperiosa necesidad de abrir un espacio en el que se pudiera publicar a las poetas colombianas. Poco a poco, los cantos melancólicos de poetas de antaño llevaron a Cuesta y a Ocampo a centrarse en aquellas poetas que la literatura colombiana había olvidado. Como resultado, recopilaron los poemas de aquellas mujeres que merecían un espacio en el tiempo y publicaron la antología “Poesía Colombiana del Siglo XX escrita por mujeres. Tomo 1 y Tomo 2”. Pero había más, había más amores y recuerdos envueltos en gaviotas, y en las olas del mar, y en mariposas multicolores, y en la humedad de una lluvia a 32 grados centígrados. Había más amores y recuerdos en la primera cuna de la humanidad, y en ojos azabache, y en el pelo ensortijado. Había más amores y recuerdos en el pescador que habla con la luna, que habla con la playa, y en la negra que, al sonar la caña, va de allá pacá con su pollera colorá.

“¡Acuérdate de mí! … “Enjuga tu tristeza en una rosa temprana” … “Mi vida, hecha de cuatro, con dos solos/ agoniza en tenaz melancolía” … “Los dioses destinaron a los míseros mortales a vivir en la tristeza”, repetían y repetían los poetas con quienes Guiomar Cuesta y Alfredo Ocampo llenan los estantes de Apidama Ediciones. En respuesta, cayó un rayo. ta TA ta, suenan los tambores de tribus de antaño. ta TA ta, reclaman su puesto en la memoria del mundo, ta TA ta, vienen de las tierras doradas de Kenya, ta TA ta, con sus poemas épicos, narrativos y de adivinanzas, ta TA ta, son los hijos del África, ta TA ta, son los mártires que se niegan a morir.

Después de unos años viviendo en Kigali y en Nairobi, Cuesta y Ocampo cayeron en la cuenta que la población afro en Colombia necesitaba que su voz fuera reconocida. Así, como si fueran arqueólogos de palabras y almas perdidas, comenzaron a reunir historias, cosmovisiones y melodías que hacen parte del pasado afrocolombiano. Entre sus descubrimientos, editaron y publicaron el libro “La Trata negrera y la esclavización: Una perspectiva histórico-psicológica”, de Sergio Antonio Mosquera. A lo largo de sus páginas, el autor da cuenta de cómo las costumbres africanas fueron mutiladas con la separación de tribus. Asimismo, narra de manera directa y cruenta las torturas a las que eran sometidos los esclavos en América, las cuales los llevaron a matar a sus hijos antes que verlos vivir aquella vida mutilada. También describe la prohibición de divertirse pues, de lo contrario, bajaban los índices del síndrome de melancolía del esclavizado y del síndrome suicida. Ante tal panorama, ¿qué le faltaba a la población afrodescendiente? El tambor, la danza.

ta TA ta, / ta TA ta, este ritmo anfíbrico fue en el que esta población se refugió para sobrevivir. Fue el ritmo que les dio el compás a sus expresiones, el que les otorgó una tonalidad de jade, una entonación volcánica y una melodía de retumbos, ta TA ta, este ritmo también es un llanto a su tierra de antaño, de manglares, de truenos, leones blancos y atardeceres infinitos: Como dice el político y poeta cubano, Nicolás Guillén: “Yoruba soy/ cantando voy, / llorando estoy. / Y cuando no soy yoruba, / soy congo, mandinga, carabal”.

Este ritmo anfíbrico fue el que nos regaló la cumbia, el mapalé, la puya y el bullerengue. Nos regaló el pescador sin más fortuna que su atarraya; nos regaló un tambó, una maraca y una gaita; nos regaló el baile cienagüero; nos regaló el tren que se va y no va a pará.

ta TA ta, y, sobre todo, este ritmo anfíbrico les dio una voz propia. Les dio una identidad sonora que ninguna esclavitud, separación o síndrome, pudo destruir. Les dio la palabra. Les dio la voz sagrada y profana de los esclavizados, que se fusionó con las lenguas indígenas y europeas. Les dio un amor por la misma palabra que usaban los cuenteros, decimeras, rezanderas y cantadoras: bardos que rememoran el griot africano, relator de sus cosmovisiones, historias, genealogías y sabidurías que los elevan al mundo de las divinidades.

En sus bocas de música y pies de danza, el mar se oye como perpetua música de fondo, mientras suenan en la sombra, tambores y acordes. Este nuevo ritmo, de acuerdo con el antropólogo Manuel Zapata Olivella, ocasionó que se introdujeran nuevas formas anímicas y lingüísticas al castellano, adaptando el español a la entonación de su lengua africana, comunicándole acento fónico y ritmos especiales.

Así, su peculiar música se convirtió en intención poética. Su música creó una unidad con la palabra e hizo del poema un canto personal. Este ritmo les dio, de nuevo, una identidad.

Esta poesía afrocolombiana, con su música de profundos tambores, fue recopilada por Apidama Ediciones y publicada en alianza con el Ministerio de Cultura, el resultado fue “Antología de Mujeres Poetas Afrocolombianas. Tomo XVI”. Si los versos de Lord Byron, Shakespeare, Homero y Keats, son una carta melancólica a la deriva, los versos afrocolombianos son una estampida más fuerte que un maremoto. El ritmo anfíbrico no es el centro de las culturas europeas, por lo que sus versos son nieve de verano. En cambio, los versos afrocolombianos son ecos que desahogan los recuerdos del África, son un bullicio que destierra todas las torturas a los que fueron sometidos en el pasado y es danza bullerengue que golpea la tierra, con la fuerza del presente.

Así, la preponderancia del ritmo anfíbrico, ta/ TA/ ta, representa un nuevo aporte de la dicción afro a la poética castellana y se abre paso entre la cultura que sus antepasados fueron obligados a adoptar. “Hubo un tropel en el cielo/ y tremenda algarabía/ es que toditos corrían/ desde todos los confines/ ángeles y serafines (…) Y fue el Espíritu Santo/ quien a todos puso al tanto/ explicándoles a su amaño/ “La causa”, dijo, “señores,/ es que llegó Mercedes Montaño/ a hacer currulao al cielo”, empieza la poeta Lucrecia Panchano, para dejar claro que los cantos afro llegan hasta Dios. “Tocá ese tambor hijo mío,/ vuelen sobre él tus manos mestizas,/ confluye a tu sangre africana,/ confluye a tu sangre india./ Tocá ese tambor hijo mío, cierra los ojos y vuela,/ en las notas temblorosas/ ritmo de baile africano”, continúa María Teresa Ramírez, retumbando los raizales. “En ritmo de currulao/ entre cununo y guasá/ tu nombre hecho de espumas/ se diluye sobre el mar. / Mar… Estrellas, / pez y canto, / chontaduro y pepepan/ formaron una marimba, / para poderte arrullar”, termina Nena Cantillo, negándose a que una raza caiga en el olvido. Educadoras, periodistas, novelistas, antropólogas, políticas… centenares de mujeres afrocolombianas son reunidas en esta antología, haciéndonos ver qué tan mágica e infinita puede ser la intención poética.

Luego de identificarse como cultura a ritmo de cumbia, viene la reinvención. Viene la labor de morir y renacer para así limpiar el dolor de niños no natos, las costras de una sangre esclavizada y las lágrimas de una tortura colonial. María Teresa Ramírez asumió esta misión convirtiendo la cosmogonía palenque en alabanza hecha verso. Esta historiadora y filósofa de Corinto, Cauca, aprendió el idioma palenquero y lo exploró como un vasto territorio de la memoria, donde revive la espiritualidad africana que se resiste a ser asimilada por fuerzas históricas. Crea una segunda memoria y, en consecuencia, construye un nuevo futuro.

Primero, se remonta al origen. Retrocede hasta la mismísima divinidad, hace de sus primeros poemas una búsqueda de la espiritualidad que engendra pueblos y convierte el palenque en una chispa de la divinidad: “Nzamé, Creador del Universo,/ prisionero del poder en la Cumbre,/ siente que el Silencio se desgaja/ a través del abismo de la Nada (…) El alma desnuda, diáfana,/ tiembla en los ojos,/ es una chispa al sol”. De súbito, la voz poética se torna en casería de hombres y mujeres; se torna en cuerpos lacerados, almas vacías y un sendero perdido: “Sólo el látigo/ y la oprobiosa Karimba, / collar de hierro/ tallado en dagas de miseria (…) pierden el rumbo, / la senda amada/ arrancados por un huracán/ de codicia”.

Pero los héroes nacen en los momentos más oscuros. La poesía de Ramírez se torna épica. El pueblo afro se desprende de su África natal; así, la poeta propone una identidad diaspórica para los pueblos que fueron obligados a abandonar sus territorios ancestrales y a construir pilares que den forma a los legados ancestrales: “Y los que están aquí se los digo/ les hablo a ustedes, / adiós: Kongo, Arará, Kuniri, Bantú/ adiós: Keke, Yareque, Tafé, Uru/adiós: Muanga, Ucambo, Chokó/adiós: Yoruba, Mandinga, Lucumí”. Reclamando la sabiduría del cocodrilo y la fuerza del tigre, Ramírez reescribe la historia afro en el libro “Mabungú. Triunfo. Cosmogonía Africana. Tomo 2”.

Después de reidentificarse y reinventarse, falta gritarle al mundo que existe un “ta/ TA/ ta, / ta/ TA/ ta” tronando sobre nosotros. Apidama Ediciones también publicó cuentos infantiles escritos por Mary Grueso Romero, una de las primeras escritoras afrocolombianas en tener reconocimiento tanto nacional como internacional. “La Muñeca Negra”, “La Niña en el Espejo”, “El Gran Susto de Petronilla”, “La Cucarachita Mandinga” y “Entre Panela y Confite”, son cuentos que ya han leído miles de niños en Buenaventura, en el Valle del Cauca y en otros lugares del país, también son cuentos que recogen las costumbres afrocolombianas y son cuentos que hacen palpable la necesidad de reconocimiento que tiene este pueblo:

“— Mamá, quiero que me regalés una muñeca de verdad, pero que sea negra.

— ¿De dónde sacás eso, dónde viste una muñeca negra?

— Tú siempre me dices muñeca y, como soy negra, soy una muñeca negra.

—No, hija. No puedo regalarte una muñeca negra porque nunca la he visto…y si la hubiese visto, tampoco tengo dinero para comprarla”.

Al entrar en Apidama Ediciones, una amalgama de voces nos da la bienvenida, como si fueran botellas flameando en el mar. Es una niebla azul afligida que, con sus lágrimas, atraen el alma de quien entra. “¡Acuérdate de mí! … “Pero cuando el acceso de atroz melancolía/ se cierna repentino, cual nube desde el cielo …  “Mi vida, hecha de cuatro, con dos solos/ agoniza en tenaz melancolía ... “Los dioses destinaron a los míseros mortales a vivir en la tristeza”. Desde el otro lado del recinto, los tambores resuenan, llenando el espacio de esperanza. El hombre fue destinado al campo de batalla, la mujer afrocolombiana fue destinada al campo poético. Tomó el tambor como espada y la danza negra como escudo, hizo suya un ritmo que sólo responde al movimiento de sus caderas, y sus versos fueron la gloria de una raza marchita y renacida.