Literatura a la pata coja

Les cuento las bajas y las pérdidas, los daños colaterales

HACER crónica cultural cuando una camina renqueante y con bastón es una quimera, pero a pesar de la inmovilidad casi perfecta a la que me obliga este maldito esguince, he conseguido llegar a algunos sucesos hermosos, bien desde la virtualidad del ordenador, bien por mi propio pie (¡oh, felicidad!) cuando lo importante ha ocurrido a dos minutos de mi casa. Pero primero les cuento las bajas y las pérdidas, los daños colaterales: 1) No pude asistir a la lectura poética en homenaje a Andreu Vidal (siempre él) que se celebró en la librería Ideari de Palma el pasado 12 de septiembre. 2) Extrañezas del vivir: me perdí a mí misma en el seminario que tendría que haber impartido en la librería Oficios Terrestres sobre narrativa femenina del siglo XX el martes 11; desde aquí, pido perdón. Una de las cosas que más me entristece de mi ausencia es no haber podido compartir mi pasión por las gigantas narradoras Rosa Chacel y Elena Fortún.

Y qué decir de la poeta Concha Méndez, luminosa y enorme en sus Memorias habladas, memorias armadas (Editorial Renacimiento, 2018): la Méndez fue nadadora laureada y niña bien empeñada en la escritura y en la independencia económica. Huyó a Inglaterra en un buque mercante, pero antes desafió la autoridad familiar para conseguir estudiar en la universidad, y así se hizo maestra. Fue novia de Buñuel antes de que Buñuel fuera alguien.

En el Palacio de Cristal de Madrid descubrió su vocación de poeta; así lo cuenta: «[...] mientras escuchaba a Lorca, empecé a sudar. 'Eso también lo hago yo', me decía. Tuve una convulsión terrible. Sufrí tal descubrimiento que me quedé encharcada». Su primer poemario, Inquietudes, lo imprimió el yerno de Rosalía de Castro. En Argentina se labró un nombre como escritora y como poeta, y cuando volvió a Madrid conoció a Manuel Altolaguirre: trabajaron juntos en la imprenta y la cosa acabó en matrimonio. Con la Guerra Civil, el exilio: París, Cuba, México.

En sus memorias, exuberantes y divertidísimas, Concha Méndez alumbra los pasadizos olvidados de la historia de la literatura, agujero negro donde las mujeres y sus palabras nos siguen esperando para ser leídas y reconocidas, pero, sobre todo, para entregarnos el testigo del inconformismo y de la lucha feminista.

Y hablando de herencias, el jueves 13 mi bastón y yo nos acercamos al Café a Tres Bandas donde la profesora, poeta y traductora Annalisa Marí leyó algunos versos del último poemario de Gata Cattana, Escala de Mohs (Editorial ARSCESIS, 2017).

Tras la lectura de Marí, celebración entrañada y fértil de lo que nunca muere, subió al escenario la poeta, guerrera y rapera Alba G. Morgade: punkismo del bueno y belleza abisal. Hubo un premio de poesía y lo ganó una mujer pequeña y de pelo corto con un poema que decía que ella también podría ser mala, odiosa y repugnante como cualquiera pero que prefería ser buena, amable y noble porque a lo bello se vive mejor.