El caballero andante que tradujo el mito del Grial

Desconozco cuáles son las lecturas obligatorias y/o recomendadas en el actual bachillerato, pero hubo una época en la que, para sacarte bien el BUP, tenías la opción de leer viejos romans franceses de lo que, años más tarde, sabríamos que se llamaba «materia de Bretaña» o el Ciclo Artúrico. Lo cual, qué quieren que les diga, tenía mucho fundamento porque no sólo proponía un viaje a los orígenes de la literatura europea -El caballero del león y El caballero de la carreta, sobre Yvain y Lancelot, que podían ser nuestros primeros ídolos si le echábamos valor y comprensión lectora-, sino que además lo hacía por la vía sencilla de camuflar un poema épico simbólico y en verso en forma de breves novelitas en prosa sobre señores con armadura. Era también la época en la que, a la que te cruzaras con profesores muy estrictos, te hacían leerte el Quijote entero y buena parte del Tirant. Y así salimos, con la imaginación desviada y curtidos como adolescentes espartanos capaces de leer cualquier cosa. En aquella época, por tanto, ya nos sonaban nombres como Victoria Cirlot, Carlos García Gual, Luis Alberto de Cuenca o Martín de Riquer.

Martín de Riquer fue el mejor medievalista de su generación, el padre de toda una escuela que -fundamentalmente desde Barcelona- hizo todo lo posible por rescatar, traducir y dar brillo a una tradición de poesía trovadoresca y novelas de entretenimiento de la que no estábamos, ni de lejos, desapegados. Una de las cosas que te enseñaban en el colegio era que Don Quijote se había vuelto loco por leer aquellos mamotretos fantasiosos, como el Tristán de Leonís o el Policisne de Boecia, pero tarde o temprano también se asumía que de aquel ciclo había obras rescatables, y que entre ellas estaban las de Joanot Martorell, los primeros libros del Amadís y las de un autor francés llamado Chrétien de Troyes.

Chrétien vivió en el siglo XII y dejó escritos largos poemas sobre los hechos del rey Arturo y sus caballeros, y el último de ellos -que dejó incompleto a su muerte, alrededor de 1183- es, en muchos aspectos, uno de los libros más influyentes de toda la literatura europea. En Li contes del graal se explica el encuentro de Perceval, el más ingenuo y puro de los caballeros de la Mesa Redonda, con el rey Pescador en un castillo fantasmagórico, y cómo asiste al rito del desfile de una lanza sangrante y un extraño objeto al que se llamará Graal, más tarde Grial. Por tanto, el grial es, desde Chrétien, un poderoso símbolo que aún hoy nos intriga y nos fascina. Y no fue hasta 1961 cuando se pudo leer con cierta normalidad aquel poema que, más allá de la mística -que alcanzó su mayor expresión artística en las dos óperas griálicas de Wagner, Lohengrin y Parsifal-, era también literatura maravillosa con imágenes tan bellas como la de la gota de sangre de Parsifal que cae sobre la nieve, tras pincharse el dedo con una rosa.

Martín de Riquer tenía 45 años cuando entregó su primera traducción de Li contes del graal a la editorial Espasa-Calpe, en 1961. Le precedía el prestigio de ser catedrático de Historia de las Literaturas Románicas en la Universitat de Barcelona y abundantes estudios sobre la poesía provenzal, los trovadores, Ausiàs March y la novela épica en catalán. En 1961 aún no se había producido la posterior moda de la literatura medieval, que iría tomando forma a lo largo de los 70 con varios de los títulos de la Editora Nacional y, en los 80, con los catálogos de Siruela y El Festín de Esopo, impulsados por Jacobo Fitz-James Stuart y Jaume Vallcorba. Precisamente, la primera traducción de Riquer -en prosa y sin posibilidad de cotejar con el texto original francés, hecha a partir de varias ediciones críticas francesas y alemanas de la segunda mitad del siglo XX, que revisaban a fondo el famoso Manuscrito T que incluye el texto original de Chrétien y las continuaciones de siglos posteriores- volvió a reaparecer en actualizaciones o nueva traducción en Siruela y en Quaderns Crema (al catalán).

En 2003, De Riquer afrontó su último servicio al texto de Chrétien al retocar una edición en verso para Acantilado que recuperaba el texto francés en su edición definitiva, y aportaba una revisión de la traducción en la que había «procurado extremar el rigor y la literalidad, no evitando repeticiones de palabras ni bruscos cambios de tiempos verbales, a fin de seguir bien de cerca el roman francés, ya que la presente traducción sólo ambiciona prestar ayuda al que lee el texto francés». La primera, pues, era «más literaria que literal» y ambas, juntas, un enorme tesoro en castellano que nos acerca al misterio de la materia de Bretaña.