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TLC con China. ¿Qué significa para Nicaragua?

Para Ortega-Murillo es necesario mantener la ilusión de cambio, porque es parte de su estrategia crear ilusiones
Óscar René Vargas
Óscar René Vargas.
Archivo El Nuevo Diario

Para valorar el anuncio de un TLC (Tratado de Libre Comercio) con China como un medio para la salvación económica del país tenemos que tomar en cuenta que el régimen tiene la tendencia de vender, de tiempo en tiempo, proyectos que transformarían al país y garantizarían un desarrollo sostenible. ¿Canal interoceánico? ¿Satélite de telecomunicaciones? ¿Central hidroeléctrica Tumarín? ¿Refinería de petróleo? ¿Fábrica de aluminio? ¿Puertos de aguas profundas? Todos es proyectos fueron anunciados desde el 2007 a la fecha, proyectos que transformarían a Nicaragua.

Los proyectos se hicieron humo

¿Qué ha pasado? Simplemente todos esos proyectos se hicieron humo, como el cuento del vendedor de humo que andaba de pueblo en pueblo vendiendo la ilusión de un gran cambio a cambio de que la gente le entregara sus joyas más preciadas.

¿Por qué los faraónicos proyectos de transformación económica no lograron arrancar? Todo el boom prometido se hicieron humo, quedaron en el aire. Los cálculos de los beneficios de los megaproyectos, eran riquísimos, generosos y se vendía la idea de grandes avances para el país. El canal iba a proporcionar un millón de empleos. Las universidades anunciaron nuevas carreras, han pasado ocho años y no han abierto ni una sola carrera y ni un solo universitario ha aprendido a hablar chino, tampoco se incorporó como idioma clave junto al inglés según las promesas del vocero del canal. Es decir, fue todo un efecto visual, una cortina de humo que se ha disipado.

En el caso del canal

Daniel Ortega apostó por el canal como estrategia a corto plazo que le generara réditos económicos y políticos a su proyecto de perpetuación del poder de la familia Ortega-Murillo. Los chinos no tienen prisa. Ellos ya tienen el control del negocio. Ellos pueden esperar 20 años, 30 años, no tienen prisa, tienen la concesión vigente hasta el 2062 y prorrogable por 50 años. Ortega-Murillo si tiene prisa, pero no tienen visión estratégica, actúan como en el cuento del vendedor de humo, Ortega entregó la joya más preciada de Nicaragua, que es el lago Cocibolca, a cambio de una ilusión que se hizo humo.

Ortega es un vendedor de humo

Daniel Ortega no es un actor inocente del “cuento de vender humo”, sino parte activa de esa estrategia de “crear ilusiones”. Para Ortega-Murillo es necesario mantener la ilusión de cambio, porque es parte de su estrategia crear ilusiones, despertar esperanzas, para tener una base cautiva de votos y seguidores que le permitan perpetuarse en el poder.

Ante la ausencia de nuevas promesas de grandes proyectos y de cara a la posibilidad de sanciones parciales en el marco del Tratado de Libre Comercio (CAFTA) con las consecuencias negativas que pueden acarrear esas sanciones, Ortega recurre a la “ilusión” que el TLC con China nos llevará al progreso. Esto me recuerda que en el tiempo de la firma del CAFTA la propaganda del gobierno Bolaños era: “El CAFTA puente hacia el futuro”. Así como el CAFTA no significó ningún cambio estructural en beneficio de la mayoría de la población (explicado en mi libro titulado “Después del CAFTA ¿Qué?), tampoco vemos que el TLC con China vaya a significar un cambio trascendental en la sociedad y en la economía nicaragüense. Así como el CAFTA no significó una salvación económica, tampoco lo será el TLC con China.

¿Qué ventajas y desventajas tiene un TLC con China?

Nicaragua ha firmado un significativo número de TLC con muchos países, pero ningún TLC ha cambiado ni va a cambiar, por sí solo, la estructura productiva y económica del país. Nicaragua sigue siendo un país atrasado, ni ha construido ninguna fábrica nueva en los últimos años. Esa es la experiencia de 16 años. Por lo tanto, no vemos ninguna ventaja en especial con la firma de un TLC con China.

La explicación de Ortega es que, en caso de que se produzcan sanciones de parte de EEUU en el tema del CAFTA, Nicaragua puede exportar toda su producción a China. Lo cual es cierto, en principio. Sin embargo, surgen varias desventajas. En primer lugar, los costos de transporte lo que disminuyen las ganancias. En segundo lugar, los precios de los productos que se exporta a EEUU. Por ejemplo, el caso del azúcar o la carne que son precios por encima del precio internacional. En tercer lugar, la cadena de abastecimiento de los productos que Nicaragua importa de EEUU. En cuarto lugar, no es fácil sustituir más del 40% comercio exterior del país en un abrir y cerrar los ojos.

Conclusión

Ante la realidad que la economía ha entrado en una fase de desaceleración, incremento de la inflación, aumento de la deuda externa, incremento de la desigualdad social (más pobreza, menos salarios), estancamiento de la inversión por la posible recesión internacional, etcétera; Ortega sin ningún proyecto importante recurre, nuevamente, a presentar “ilusiones” como hechos para engañar a sus bases y tratar de engatusar a la población.

La distancia entre el discurso gubernamental y la realidad es ya tan grande, que es imposible atribuirla a la ignorancia. Forma parte de una estrategia perversa de engañar que contribuye a moldear su base social y labrar una justificación pública para el despotismo autoritario y violento que se ha instalado entre nosotros.

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“En boca del mentiroso, dice la sabiduría popular, la verdad se hace dudosa”. La mentira ha sido convertida en categoría cotidiana de relación social y en instrumento necesario de la gestión gubernamental, envilece a la gente y deforma su percepción de la vida. También introduce la desconfianza entre la población, debilitando y distorsionando la capacidad de resistencia y rechazo.

Pero la mentira tiene doble filo. También afecta, más temprano que tarde, al que la usa y manipula, al mentiroso. El régimen que se acostumbra a mentir se encierra, sin saberlo, en un vacío de engaño, en el que escucha solo su propia voz y se aleja cada día más de la que llaman voz del pueblo.

Al final, es prisionero sin saberlo de sus propias mentiras, el dictador acaba por creérselas y rodar hacia el abismo de una inevitable mitomanía política. Se convierte en mitómano compulsivo, que da fe de su propio engaño, aceptando sus mentiras como si fueran verdades. Las defiende con vehemencia, descalificando a aquellos que se atreven a cuestionarlas. Víctima de su mitomanía, no tiene más alternativa que recurrir a nuevas mentiras para justificar viejos engaños. El mentiroso cae en su propia trampa, mostrando una debilidad estructural más de la dictadura.

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