Oscar René Vargas: La tormenta no mengua

La combinación de la crisis sanitaria, la crisis sociopolítica y la crisis económica ha tenido consecuencias muy dolorosas en la sociedad nicaragüense. Desafortunadamente, no hay perspectivas de mejora en el corto plazo. El colapso del régimen se acelera. Los problemas de hoy no son los mismo que había en enero de 2020, se han agudizado cualitativamente. El país cambió con la pandemia. Ya no es el mismo. El deterioro es severo. En abril y mayo se ahondó la fase recesiva de la economía que se refleja en la caída de los componentes de producción, inversión y las importaciones totales.

El número de fallecidos por el coronavirus son incontables y, por lo visto, falta aún lo peor. Faltan semanas o meses, dependiendo si se aplica la cuarentena o no, para que la pandemia se contenga. Por el momento, se espera que en el mes de junio una fuerte oleada de contagios. Las perspectivas económicas no son halagüeñas. Los inversionistas nacionales y extranjeros paralizaron cualquier proyecto. Estamos ante una contracción económica generalizada y profunda, Según cálculos independientes habrá una caída entre el 6 y el 10 por ciento en el PIB, lo cual provocará una destrucción de plazas de alrededor de 100 mil empleos formales.

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Dadas las condiciones económicas, se podría aumentar la pobreza por ingresos en un 10 por ciento. Es decir, la población tendrá recursos insuficientes para adquirir una canasta básica alimentaria y pagar los bienes y servicios indispensables. A la crisis sanitaria -agravada por los disparates e irresponsabilidad del régimen- se ha sumado el descalabro social y económico que ha dejado el desempleo de miles de personas con las consecuencias sociales de pobreza, desabastecimiento y hambre. Es decir, las heridas de la desigualdad se hacen más grande.

Al mismo tiempo, la caída de la recaudación de impuestos incrementará el hueco presupuestario. Por otro lado, la corrupción permanece intacta. No hay una lucha contra esa lacra. No hay ningún intento por desterrarla de la administración pública y la represión no cesa. La contracción de la actividad económica en Estados Unidos durante el primer trimestre del año 2020, la cual se agudiza durante el segundo, ocasionó que un 20 por ciento de los emigrantes nicaragüenses con empleo en diciembre 2019 ya no contará con él en el mismo mes de 2020, lo que va a propiciar una caída de las remesas de unos US$ 300 millones de dólares en comparación a las remesas de 2019.

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La sacudida económica llevará al régimen a tomar medidas de austeridad contraria a su política de clientelismo político y se verá obligado a reorientar el gasto público. Esta terapia va a distanciar a sectores sociales que fueron sus aliados, acostumbrados a los beneficios que el poder ofrecía. Se avecina tiempo muy difíciles para el régimen: pérdida de base social, fallecimientos de cuadros medios en diferentes departamentos del país y desgaste y merma del control sobre los empleados estatales.

En suma, debido a la pobreza, hambre, desempleo, desigualdad económica, crisis sanitaria y represión policial y paramilitar; Nicaragua parece estar al borde de un abismo de consecuencias incalculables para la población y no parece probable que la insensatez imperante en “El Carmen” contribuya a evitar una catástrofe.

Es amplio el abanico de posibles arreglos a los que pueda llegar el régimen con la oposición funcional (zancuda), sobre todo si en el curso de las negociaciones y la eventual salida electoral conlleven significativos beneficios políticos para la oposición formal (sectores pro elecciones de la Coalición Nacional y la Alianza Cívica). Sin embargo, la fuerza de oposición real radica que ningún acuerdo político pueda evitar el deterioro acelerado del régimen que le permita tener el tiempo necesario para montar una salida electoral, impedir las sanciones internacionales y sortear la profundización de la implosión desde adentro del régimen.

Claro que existe la posibilidad que un giro de última hora pueda llevar al régimen Ortega-Murillo a acogerse a algún esquema de colaboración con Estados Unidos con el objetivo de eludir que el proceso de implosión desde dentro se desarrolle y que en su salida de poder obtenga las garantías que ellos quieren; por lo tanto, teniendo ese temor en mente, el régimen puede terminar aceptando un proceso electoral similar al de 1990 o un proceso de transición a la española.

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La oposición real, tiene que tomar en cuenta que, a estas alturas, con la velocidad de los acontecimientos, el acortamiento de los tiempos políticos y la crisis sanitaria a todo vapor, al régimen se le vuelve más difícil implementar un esquema de salida acorde a sus intereses. La oposición real, los sectores contrarios a la salida electoral, deben de encontrar resquicios y circunstancias que permitan colocar la opción de la salida inmediata del régimen, en la agenda política nacional e internacional, como la mejor solución y la menos traumática de la crisis nicaragüense.

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