EX PANDILLEROS SALVADOREÑOS QUIEREN BORRARSE TATUAJES

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"Por seguridad me estoy borrando los tatuajes. Los tatuajes traen un montón de problemas y hasta la muerte", declaró a la AFP, José Antonio (nombre ficticio por razones de seguridad), un ex pandillero de la Mara Salvatrucha (MS-13).
José Antonio, de 38 años, es uno de cuatro sobrevivientes de una célula de 40 pandilleros, pasó 14 años encarcelado por homicidio y robo, y ahora quiere borrarse los tatuajes que lo vinculan con una violenta banda criminal que las autoridades salvadoreñas combaten sin tregua. José Antonio se tatuó sus brazos con nombres y otras figuras, pero las que le marcan una sentencia lapidaria son las letras MS, alusivas a la Mara Salvatrucha, banda a la que defendió durante doce años en las calles hasta que, acusado homicidio y robo, fue condenado a 30 años de cárcel, aunque únicamente permaneció 14. Salió de la cárcel en 2012 y, sobre la enconada batalla por territorio entre las pandillas, José Antonio contó que de una "clica" (célula) de 40 pandilleros, solo sobreviven cuatro y, para salvaguardar su vida, distorsionó las letras en su pecho. En la M formó un rostro con barrotes con el fin de simular "el drama del preso", mientras que en la S formó otras figuras. José Antonio, de 38 años, es uno de los visitantes de una clínica gubernamental en San Salvador que remueve tatuajes a ex pandilleros, trabajadoras del sexo y civiles que desean sortear el peligro y la discriminación en uno de los países sin guerra más violentos del mundo. El tatuaje extravagante alusivo a las pandillas fue hasta hace algunos años la marca con la que jóvenes sellaban su afiliación a la banda o fijaban un episodio de su vida: con una lágrima ejemplificaban un asesinato cometido, mientras una cruz era luto por algún compañero caído. Para el ex pandillero, la primera fase de su tratamiento fue eliminar tatuajes de sus brazos, los que ahora puede usar camisa de manga corta, pero en su última cita comenzó a borrar las imágenes de su pecho. En la clínica, la doctora Mayde Ramírez (de 40 años), provista de guantes y lentes especiales, es la encargada del procedimiento que se inicia orientando una máquina de enfriamiento que lanza aire helado en el área a trabajar y luego con la pistola láser penetra milímetros en la piel. El programa de remoción de tatuajes, con apoyo de Taiwán, fue relanzado en abril debido a que muchas personas sufren "discriminación y estigmatización", explica Ramírez a la AFP. En El Salvador, según una psicóloga que entrevista a los pacientes y que prefiere no ser identificada, el tatuaje alusivo a una pandilla marca "la frontera entre la vida o la muerte, la cárcel o la libertad, el empleo o el desempleo".