Confidencial: Después de la pandemia, incertidumbre, y tiempos de reformas

Manuel Esquivel

La crisis sanitaria que hoy se ha expandido a la gran mayoría de países del mundo solo ha evidenciado la normalidad de la realidad: más abajo en la escala de riesgos no están los niños y ancianos, sino, y de manera preocupante, los niños y ancianos que detentan un débil soporte familiar, comunitario o Estatal. Es decir, un piso mínimo de bienestar social que puede ser producto de la distribución a través del ingreso o de la redistribución a través de políticas públicas llevadas a cabo por el Estado.

Tal como afirma la investigadora Juliana Franzoni, el bienestar es la capacidad desigualmente distribuida para hacerle frente a la incertumbre. Por lo que, posicionados de manera diferenciada en la sociedad, más arriba o más abajo, hay quienes que no poseen “soportes de individualidad”, tal como diría el investigador Robert Castel,  para hacerle frente a los riesgos del día. Menos aún, en nuestras sociedad neoliberalizadas, hay quienes no poseen un “piso social mínimo de bienestar social” proveído por el Estado

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Dicho lo anterior, es preocupante que en medio de una pandemia haya países que, por un lado, desconozcan la crisis como una situación generalizada de riesgo para nuestras sociedades y que, por otro lado, sigan disminuyendo la importancia del rol del Estado y la capacidad de sus agentes para legislar por el bien común de aquellos que necesitan su apoyo, por ejemplo, a través de un renta básica garantizada que les permita, dotándose de ese soporte de bienestar social, a los más vulnerables social y económicamente aislarse para salvaguardarse y salvaguardar a los suyos del contagio del coronavirus.

Más allá, de lo que sea con lo que amanezcamos el día después de la pandemia lo cierto es que esta crisis que se ha tornado social y sanitaria, incluso política, está destruyendo dos narrativas que hace poco parecían bastante actuales. La primera es que la posibilidad de una vida digna y segura estará en determinación de la capacidad individual de operar en aras del mercado, sin ningún tipo de soporte de bienestar. Una especie de sálvese quien pueda. La segunda es que la democracia es la variable dependiente de los demás aspectos de la vida política. Cuando, tal y como ha afirmado el investigador José Sánchez Praga, una igualdad de derecho – ciudadanía política – necesita de una igualdad de hecho – ciudadanía social

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El sistema salud discrimina.

La crisis ha desvelado la realidad de la manera como están pensados y construidos nuestros sistemas en salud. Por un lado, aunque a muchos les choque una palabra tan mal repetida por el FSLN, lo cierto es que nuestros sistemas de salud se han construido bajo la idea del “sálvese quien pueda” neoliberal. O mejor, dicho de otra manera, bajo la idea de que se salve el que tenga las mejores condiciones para pagar, los cuales, dicho sea de paso, lo hacen en buenas condiciones hospitalarias. En este caso, calidad de salud se asocia a calidad para remunerar el servicio. Esta es precisamente la realidad del sector privado de la salud.

Por otro lado, las llamadas clínicas previsionales, ampliamente subordinadas al Instituto Nicaragüense de Seguridad Social (INSS) se construyen como una alternativa intermedia en donde se le ofrecen a los trabajadores formales, aquellos que tienen acceso a Seguridad Social, acceso a salud de relativa calidad. El problema es que más del 70%, según datos del Consejo Superior de la Empresa Privada (COSEP), se encuentran laborando en la informalidad

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Por último, está la gran mayoría del pueblo nicaragüense que debe, frente a los riesgos del día día y tras la agudización de la pandemia, asistir al sistema de salud público que en Nicaragua basta de ser reprochable. Y es que en nuestros países Latinoamericanos los recortes de lo destinado Salud   en el presupuesto público ha sido una constante en tanto política de los gobiernos situados tanto a la derecha como a la izquierda del espectro político. Tal el caso de la administración neoliberal de Ortega y Murillo.

Por tanto, la forma como está configurado nuestro sistema de salud, es decir, en términos clasistas o de posición ocupada en la sociedad, incrementara la probabilidad de que unos atraviesan la enfermedad en mejor condiciones que otros. Esta es la triste realidad que sufrirán miles de nicaragüenses por la manera en como sociedad hemos pensado que debería redistribuirse la riqueza en pro del bienestar. Tendríamos, por tanto, que repensar el sistema público de salud debatiendo en torno a su financiamiento, capacitación, equipamiento y al valor que se merece.

¿El virus que debilitara la democracia?

Y no solo cambiaran las formas en que nos pensamos nuestros sistemas públicos de salud y por tanto el bienestar social de nuestras sociedad, sino, a consecuencia de la manera que se desempeñen dichos sistemas, también habrá consecuencias valorativas para las democracias procedimentales. Es decir, la percepción ciudadana positiva a la democracia tal y como se han implantado en América Latina va a disminuir drásticamente a causa de la pandemia, sobre todo en países en donde los sistemas de salud débiles no han podido dar respuesta efectiva a la crisis del coronavirus.

Según el investigador chileno Norbert Lechner, la democracia realmente existente y la política a la que se le asocia produce malestar y desconfianza en la medida en que los ciudadanos perciben que esta ya no controla los procesos sociales. Esto se da en un contexto de retroceso del Estado en favor de la iniciativa privada y de las fuerzas del mercado. De igual forma, la política también genera incertidumbre en la medida en que el devenir se vuelve impredecible. Esto se da en un contexto en que la conducción política se restringe al manejo de la contingencia.

En un momento histórico en donde la pandemia ha nublado de incertidumbre y angustia el planeta y en el cual hoy más que nunca los ciudadanos de cada país esperan de sus gobernantes e instituciones democráticas el mejor actuar de la última década, la inacción o la incapacidad de respuesta será el principal motivo de la perdida de la creencia en la manera en que están organizadas nuestros sistemas políticos. Aunque, evidentemente, siempre habrá aquellos que defiendan el statu quo), será claro el descontento de las grandes mayorías que en nuestros países latinoamericanos verán la pandemia como el desvelamiento de la realidad de sus vidas frente a la narrativa neoliberal de obtener seguridad por cuenta propia.

Por tanto, en aras de proteger nuestros sistemas políticos democráticos o de cambiar la manera en como los poderosos los han pensado, de esta situación de confinamiento tendremos que salir con un “consenso social” en torno a lo público. En primer lugar, es fundamental que se universalice la ciudadanía social en tanto ciudadanía que contempla recursos, bienes y servicios bajo la forma de derechos sociales. Es decir, prácticas de asignación de recursos públicos – y también privados- en pro de la construcción de políticas, programas y proyectos destinados a las grandes mayorías, convirtiéndolos en ciudadanos y no en clientes. En segundo lugar, y solo en la medida en que lo primero se implemente, existirá la posibilidad de hablar de ciudadanía política plena, esto es, la capacidad del ciudadano de deliberar de manera informada en torno a los asunto de interés público más allá del voto. Aspectos ambos que son cruciales para la calidad de las democracias en nuestra región.¡

En conclusión, la pandemia ha abierto uno de los episodios más inciertos de las últimas décadas. Sin embargo, también ha desvelado la manera en que están configuradas nuestras sociedades: a través de la fragmentación de los lazos sociales de la comunidad que, a través de sus instituciones estatales, no son capaces de “dar cuido” – palabra sumamente importante en este contexto – de los ciudadanos que la conforman. Generándose, por tanto, un sentimiento de descontento pero también de desesperanza frente al devenir incierto. Ante la incapacidad de manejar la incertidumbre por tanto es fundamental construir una nuevo consenso social en torno a lo público en donde, dejando atrás viejas dicotomías entre individuo y sociedad, derecha e izquierda, libertad individual y bienestar colectivo, entre otros, seamos capaces de construir instituciones desde y fuera del Estado que tengan como principal eje lo humano. Como dirían algunos: salvar vidas de manera permanente.

Ingeniero Industrial y estudiante de Sociología.

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