Confidencial: El calvario de la familia del esteliano muerto por COVID-19

La muerte del esteliano de 70 años al que el Ministerio de Salud (Minsa), identificó como “el tercer paciente” contagiado de COVID-19 en Nicaragua, no solo embargó de dolor a su familia, sino que se convirtió en un calvario durante un mes, en que fueron sometidos como rehenes del poder político del Estado, según el relato de los hechos que sus parientes compartieron con CONFIDENCIAL.

El 27 de marzo pasado, el Ministerio de Salud informó la detección del tercero y cuarto caso de ciudadanos nicaragüenses contagiados de covid-19, a los que solo identificó como “un hombre de 70 años y una mujer de 52”, remarcando que se habían contagiado en el extranjero. Esta vez, era cierto.

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En la segunda semana de marzo, él viajó a Miami, para estar presente en la boda de una de sus hijas. Al llegar a la ciudad floridana, se reunió con su esposa –la mujer de 52 años, que había viajado unos días antes para estar más tiempo con la hija- y el resto de la familia.

El hombre permaneció allá poco menos de dos semanas, y regresó junto con su esposa el lunes 23, pero comenzó a sentirse mal esa misma noche, por lo que lo llevaron al hospital San Juan de Dios, en Estelí, donde quedó ingresado, pensando que lo que tenía era un resfrío, u otra dolencia respiratoria.

Trasladado a Managua sin informar a familia

Los primeros tres días –del lunes 23 al miércoles 25- las autoridades médicas permitieron que ella permaneciera a la par de él, cuidándolo, pero el jueves 26, día que él cumplía 70 años, ya no hubo más acceso. Pusieron un plástico negro que ocultaba de la vista el lugar donde ella lo había dejado el día anterior, y le dijeron que ya no podía acompañarlo.

Cuando preguntó por qué, el doctor Víctor Treminio, director del Silais Estelí, se limitó a decirle que ella no podía seguir llegando al hospital a verlo.

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En realidad, el paciente había sido trasladado de madrugada a Managua, sin informar nada a la familia. El viernes 27 de mayo, la esposa de Daniel Ortega y vicepresidenta del Gobierno de Nicaragua, Rosario Murillo, informaba que los pacientes “se mantienen sin síntomas”, lo que era verdad en el caso de ella, pero no en el de él.

“Sano, pero enfermo”

La familia no pudo verlo a lo largo de 26 días, hasta que el 20 de abril, Treminio llamó a la esposa para pedirle ropa para el paciente. La noticia los alegró porque el funcionario dijo que lo darían de alta dado que ya estaba bien, aunque con una complicación por su presión sanguínea.

El impacto que recibió la esposa al ir a verlo al hospital fue tan grande, que se desmayó. La familia relata que el hombre estaba “irreconocible, extremadamente delgado”. Había perdido el tupido bigote que le caracterizaba, y lo tenían con una mascarilla de oxígeno.

“Decían que ya estaba bien, pero se miraba muy mal y no nos tragábamos esa mentira”, refiere la familia.

Al día siguiente, 21 de abril, le dan el alta pero lo envían a su casa al cuido de un médico y una enfermera. Si tanta deferencia pareció extraña a la familia para un paciente que iba “de alta”, más lo fue que el alcalde de la ciudad, Francisco Valenzuela, y el Dr. Treminio llegaran a la casa.

Pero no estaba curado. En ese momento, el paciente necesitaba estar conectado a tanques de oxígeno y aparatos para administrar y dosificar el gas, por lo que las extrañas visitas preguntaron a la familia si podían comprar los equipos necesarios para mantenerlo en la casa.

La respuesta fue negativa. No por falta de recursos, sino porque la familia lo quería de vuelta en el hospital, considerando que, por más desagradable que fuera para él, el enfermo necesitaba estar intubado para tener más posibilidades reales de sanar, pero lo que ellos hicieron fue dejar un médico y una enfermera en la casa, de forma permanente, por nueve días.

La familia explica que no accedieron a comprar los aparatos que les proponían, porque estaban “enojados por las mentiras” sobre su supuesta recuperación. Lo que no pudieron prever, es que perderían casi todo control sobre sus propias vidas, libertad y privacidad, porque el director del Silais les dijo que nadie podía llegar a visitarlo, excepto los miembros de la familia.

Para asegurar que así fuera, dejaron en la casa a un vigilante de forma permanente, cuya función, además de pasar desapercibido para los vecinos, era evitar las visitas. La familia también sintió que hasta los médicos los espiaban, y llamaban a las autoridades del Silais para informar cuando la esposa hacía una llamada.

La misión del equipo de vigilancia era, además, impedir que hablaran con los medios de comunicación, porque, según el gobierno que monopoliza la información “todo lo distorsionan”.

Que no se enteren los medios

Una madrugada, dos días antes de morir, él pidió que le permitieran hacer una videollamada para despedirse de sus hijos en Estados Unidos, y rogó a su esposa que dijera a sus hermanos que los quería mucho. Rompió a llorar, y dijo que quería morirse.

Dos días después, su deseo de verse libre del dolor, se cumplió. Aunque no lo supieron de inmediato, al mediodía del 29 de abril, el paciente sufrió un paro respiratorio y entró en coma, por lo que los médicos sugirieron a la familia que orara por él.

Al poco rato llegó nuevamente el Dr. Treminio, acompañado de dos civiles que dijeron ser policías, y ordenaron desconectar el teléfono de la casa y que los familiares que permanecían ahí apagaran sus celulares.

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Aunque el paciente murió a las siete de la noche, los médicos se lo informaron primero a Treminio, que tampoco lo informó a los deudos, sino hasta después de llamar “a la compañera” (Rosario Murillo), para que ella le diera permiso de informarlo a la familia, lo que finalmente hizo pasadas las diez de la noche.

Para entonces, ya se había reforzado un discreto cordón policial cuyo objetivo era impedir que nadie se acercara a la casa del occiso, mientras el vigilante cumplía la misma función desde dentro de la casa.

Uno de los hijos del fallecido fue el primero que comprobó la eficacia del cordón policial. La familia refiere que él llegaba a ver a su padre a las 10 de la noche, pero un policía vestido de civil, que mostró su arma como forma de identificación, le impidió entrar, a la vez que le exigía no hacer escándalo, porque “no queremos que vengan los medios”.

Dentro de la casa, el vigilante y el Dr. Treminio ordenaron a las mujeres dolientes que callaran. Que si lo iban a llorar, que fuera sin gritos, en silencio. La esposa se desmayó tres veces ante el féretro asegurado con pernos, en donde permanecía el cuerpo de su esposo enfundado en una bolsa plástica.

Finalmente, la irreal escena de velar al esposo, acompañada por una de sus hijas y un vigilante desconocido que más parecía un carcelero, llevó a que las venciera el dolor, el cansancio y la frustración, y fueron sedadas para poder cerrar la casa.

Solo el vigilante quedó en la ‘vela’. El resto de la familia fue enviada a dormir a varias de las cinco casas que el occiso poseía en Estelí.

Ambulancia y policías en un entierro normal

Si la vela fue anormalmente dolorosa, el entierro, al día siguiente, fue aun más inverosímil.

La familia recibió instrucciones precisas de no usar mascarillas -porque eso alertaría a la gente, y solo la derecha hacía eso- ni nada que indicara de qué había muerto. Les dijeron que estaba “terminantemente prohibido” que admitieran que se había infectado de covid-19: debían decir que se enfermó de neumonía y le dio un paro cardiaco.

Igual se les prohibió gritar o expresar su dolor como lo sintieran. Debían llorarlo en silencio, “para que los vecinos no se pusieran nerviosos, y evitar caos entre la gente”.

Si bien la orden era mostrar que todo estaba normal, los mismos funcionarios de Gobierno se encargaron de mostrar lo contrario, al enviar una ambulancia del Minsa y agentes de policía para acompañar el sepelio, o al impedir que se le enterrara en el mausoleo familiar construido en el cementerio Campos de Paz, ordenando que lo llevaran al cementerio viejo.

La familia sabe que, en circunstancias normales, la vela y el entierro del patriarca habrían sido multitudinarios. En vez de eso, los vecinos se quedaron encerrados en sus casas. Nadie llegó a la vela, ni al entierro, pese a ser alguien muy conocido, dedicado a la caficultura, ganadería, el transporte y los bienes raíces.

En vez de eso, en el video filmado mientras el ataúd baja a la tierra, apenas se ve a una hija, la esposa, el nieto, un yerno y un cuñado que lloran la partida del pariente, mientras de fondo se escucha un viejo himno religioso que canta una promesa eterna: “Más allá del sol, más allá del sol, yo tengo un hogar, hogar, dulce hogar. Más allá del sol”.

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