El PAÍS: “Los entierros por las noches y con protocolo de la covid-19 dicen una cosa distinta al discurso oficial”

En las últimas tres semanas me he bañado seis veces al día como mínimo. La curva de la epidemia de coronavirus en Nicaragua está en la fase de ascenso rápido. Los pacientes con insuficiencias respiratorias agudas y neumonías atípicas tienen copadas las salas destinadas para atender la covid-19 en los dos hospitales que trabajo. Cada vez que atiendo a uno, debo quitarme el traje de protección, desinfectarlo y bañarme. Hay un claro aumento exponencial de casos, aunque el Gobierno no lo reconozca públicamente. Como neumólogo me preocupa, porque vamos hacia el desfiladero.

La primera vez que escuché del coronavirus fue el primero de enero de 2020. Vi en las noticias que las autoridades chinas reportaron 46 casos de neumonías en Wuhan, pero no pensé que fuese grave. En ese momento, creí que sería como el SARS-CoV, un virus que fue limitado en los países y apenas llegó a Estados Unidos y Canadá. Pero a mediados de enero, cuando vi alarmas en Japón y Corea del Sur, me preocupé… aunque siempre veía remoto que llegara a nuestro país. Tenía confianza en que los países controlaran el virus como lo hizo Corea del Sur, pero fue la única nación que lo hizo bien. El resto de los países no aislaron a las personas que aterrizaron en sus aeropuertos, y fue cuando todo se salió de control. Allí fue cuando me dije: “Esto cambió”.

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Empecé a leer, a investigar y documentarme sobre el nuevo coronavirus. Preparé una serie de presentaciones didácticas para compartirlas con mis colegas en el Hospital Monte España (un centro del Seguro Social), en Managua, y con los médicos de las asociaciones de neumólogos, de cuidados críticos y emergenciólogos. Viendo lo que pasaba en el mundo, debíamos prepararnos. Era una sensación de inminencia: en cualquier momento la covid-19 llegaría a Nicaragua.

La sensación de inminencia la reforzaba las declaraciones del Gobierno. Las autoridades de salud decretaron que no cerrarían fronteras ni que habría cuarentena preventiva. No les restringieron la entrada a extranjeros ni aislaban a quienes entraban a Nicaragua. En cualquier momento explotaría… Y el sistema de salud público, de plano, no estaba preparado. El único hospital que estaba preparado, incluso antes de los primeros casos positivos en Centroamérica, fue el hospital privado Vivian Pellas, el otro centro en el que trabajo. Empezamos a hacer un plan, a destinar el área para atender a los pacientes de covid-19 y a comprar los materiales de protección. Porque una cosa clara dijimos: quien tiene más riesgo de contagio, es el personal sanitario. El sistema público jamás hizo algo parecido.

La noche del 18 de marzo estaba en el hospital cuando la vicepresidenta Rosario Murillo anunció el primer caso positivo. Sentí miedo. A pesar de que estaba en el hospital más preparado de Nicaragua, en el otro hospital, el Monte España, no había preparación. Luego de conocerse el primer caso, el Minsa (Ministerio de Salud) empezó a dar a conocer el virus, y la OPS (Organización Panamericana de la Salud) capacitó al personal para tomar las pruebas de covid-19. Es lo más relevante que ha hecho el Minsa hasta ahora. Los médicos estábamos en alerta.

Durante esa primera etapa de epidemia, teníamos un umbral de sospecha muy alto. Sabíamos que podían circular contagios relacionados con los primeros casos positivos reconocidos por el Gobierno. Pero la explosión de insuficiencias respiratorias y neumonías se dieron en la cuarta semana de epidemia. Neumonías asociadas a la covid-19 por doquier, pero el Gobierno insiste que no existe transmisión local-comunitaria.

Me tocó atender a dos de los primeros casos positivos reconocidos por las autoridades porque fue gente pudiente que llegó de Estados Unidos y se internó en el Vivian Pellas. En la actualidad, he atendido un montón de casos. Eso da temor y estrés. Como dije antes: aunque estés en el hospital más preparado, ningún país del mundo está listo para el nivel de contagio de este virus. Tu familia se preocupa y eso da nerviosismo y cefalea tensional. Tengo tres hijos y el varoncito se me tiraba en brazos cada vez que llegaba del trabajo. Ahora, su mamá le ha dicho que no se acerque a su papá hasta que se bañe. Es tremendo ver cómo se corta ese impulso en el niño. Lo puedo ver en sus ojitos.

Al inicio de la epidemia, el Minsa usaba una definición de casos muy estrecha para hacer las pruebas de la covid-19. Rechazaban a un alto número de pacientes con claros síntomas de tener el virus, porque no cumplían, decían ellos, el nexo epidemiológico de no venir de otro país. Remití más de 50 pruebas y las rechazaron en ese primer momento. Luego relajaron más el criterio. Ahora la condición para hacer la prueba es que tengas una neumonía atípica. Es decir, que un caso moderado o grave no lo rechazan como antes, pero ahora viene el exceso de casos “indeterminados”.

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Los casos “indeterminados” son aquellas pruebas que no dan ni positivo ni negativo; cuando se detecta poco porcentaje vírico. Entonces, el Minsa los declara indeterminados, aunque en contexto de pandemia deberían considerarse positivos hasta descartar definitivamente lo contrario. Eso es un origen enorme de subregistro. Para el Minsa, el “indeterminado” no vale como positivo, pero para el médico sí, porque clínica y radiológicamente son covid-19. Empecé a ver casos positivos que no los reportan a la estadística oficial. Me pregunté, ¿qué pasa?

Me empecé a fijar que, selectivamente, no reportan a quienes no les conviene. Por ejemplo, el segundo trabajador del aeropuerto contagiado. No les conviene admitir un foco de contagio en el aeropuerto internacional. El otro grupo que no admiten son los más de 40 casos positivos de médicos que existen. No lo dicen porque da mala imagen admitir que existen doctores contagiados, cuando el mismo Minsa les ordenó que no usar equipos de protección porque era innecesario y alarmista. Esa es la causa de que algunos médicos están graves, intubados. Duele ver a pacientes abarrotando las emergencias y esperando por una cama, pero duele más cuando veo a mis colegas con neumonías en estado grave, porque no les dieron adecuada de protección. El Gobierno se ocupa más en ocultar la epidemia que en la protección del personal sanitario. Es fregado.

El término “indeterminado” existe, es válido, pero están abusando de él. Y lo peor es que no tenemos certeza de que realmente son “indeterminados”, porque los resultados de las pruebas los transmiten verbalmente en una llamada. Pero no tenemos reportes escritos, constancias… porque si me dan un reporte técnico yo puedo verlo y decir: no es indeterminado, es positivo. Nuestras sospechas es que quieren meter los casos positivos en ese bolsón de indeterminados.

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Yo ya no sigo lo que dice el Gobierno ni el Minsa, porque mienten al decir las estadísticas oficiales. Aparte de los “indeterminados”, excluyen de la lista a los pacientes que se han recuperado o muerto por coronavirus. Por eso en Nicaragua nunca hay más de tres casos. Eso es para confundir a los incautos y cándidos. A la pobre gente. Pero es increíble cómo cala este mensaje. La gente se lo cree y minimiza: “Si solo hay tres casos”. Es perverso. Entonces no se toman las medidas.

El Minsa oculta muchos casos, pero hay más de 2.000 positivos en el país. Tenemos tres meses de epidemia y el Gobierno tuvo que admitir un ascenso de golpe de 254 casos en una sola semana. Cada semana irán aumentando las cifras hasta llegar a la real, esto para dar la falsa impresión que tienen controlada la pandemia. Pero los hospitales están desbordados. Los entierros realizados por las noches y con el protocolo de la covid-19 dicen otra cosa distinta al discurso oficial… así como lo que nosotros vemos en los hospitales.

Por decir estas cosas sufrí una represalia: en el hospital Monte España me excluyeron del equipo de la covid-19. No me daban información de los pacientes siendo yo el único neumólogo del hospital. Pero el peso del problema es tal ahora, que al ver que se les sale de las manos el manejo de la covid-19, me han consultado por fuerza, y me presentan a los pacientes aunque no confíen en mí. Prefiero ser un “cerebro deforme”, como llamó la vicepresidenta Rosario Murillo a los especialistas que alertamos sobre la epidemia a ser un borrego.

Las últimas cuatro semanas las he pasado full con puros casos. Me tomo la temperatura en la mañana y en la tarde. Lo anoto en una hoja, así como mis síntomas. A la primera sospecha que tenga, remitiré mi prueba para un análisis de la covid-19. Entre tanto, sigo trabajando. Y bañándome. Es cansado.

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