Jeyner Moisés Campos, un diriangén sin flechas y con bandera

El reloj marcaba las ocho y treinta de la mañana, ese 19 de junio del 2018, el fuerte estruendo de los balazos asustaron al pequeño y aguerrido pueblecito de Masaya. De repente en medio de un tumulto de jóvenes una bandera azul y blanca se volvía  a teñir de sangre. “Perate, solo levántenlo a él un poquito” grita un chavalo. La imagen borrosa, como ese momento volvía  a mostrar esa bandera azul y blanco llena de sangre. “Jeyner se llama del reparto santa Delfina” dice otro. Luego se ve caer una camiseta al suelo, y la imagen va desvelando una realidad dantesca y sangrienta.

Jeyner Moises campos, de melena negra, piel oscura, ojos almendraos, me recuerda al cacique Diriangen, por sus raíces indígenas y su combatiente espíritu, ese día Masaya, siempre valiente estaba rodeada de paramilitares y fue desde muy temprano atacada por los llamados escuadrones de la muerte, policías y parapolicías Orteguistas, que bajo las órdenes de la pareja dictatorial empezaban a ejecutar sin piedad su llamada “Operación limpieza”.

Las escenas de terror ese martes se difundían por las redes sociales, una mujer gritaba en plena calle “Ayúdenme! Ayúdenme! El no es perro” en medio de antimotines que parecían no inmutarse a los gritos desgarradores. Esa mujer sostenía el cadáver de su ser querido, Marcelo Mayorga, que yacía baleado con su tiradora y una mochila con piedras, sus únicas armas para enfrentarse a la tiranía y ayudar a liberar a un pueblo que se resiste a ser esclavo.

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Tras varias horas de ataque perpetrado por hombres encapuchados y armados con AK 47, la relativa calma llegó antes que cayera el sol.  Jeyner Campos, llevaba varias horas muerto, su cadáver estaba envuelto en sabanas blancas,  fue acribillado con 5 impactos de balas, dos en el brazo, dos en las piernas y uno en el abdomen, pasó dos horas agonizando.

Sus amigos intentaban auxiliarlo, mientras su bandera que traía  envuelta en su cuerpo como símbolo de lucha, era la prueba fehaciente del terror, la muerte y el dolor sembrado en la siempre insurrecta MASAYA. “Le tiraron a matar, maje a este chavalo, dice uno de los amigos, a todos le tiraron, dice otro. Aguanta, aguanta le replica el que lo sostiene”. Convaleciente Moises dice “Yo estoy vivo, aguanta le vuelve a decir ese amigo, aquí estamos todos ayudándote”, quiero agua decía el joven, “ahora solo quiero descansar” dijo antes de perder el conocimiento, aferrado a la mano de un amigo.

Ese día  Moises, no fue a trabajar, porque desde muy temprano la ciudad fue atacada, “voy ayudar a mis amigos en el tranque” le dijo a su prima Heisel con quien se crió como hermana. Trabajaba en Nindiri, para ayudar a mantener a su familia de escasos recursos y para que su abuelita “Mamá Rosa” no vendiera más enchiladas en las calles de la ciudad. 

Unos días antes del ataque, su prima dice que como si fuera un presagio Moisés le dijo: “Yo siento que me voy a morir, si me muero que sea por algo bueno, ya mucho han hecho estos desgraciados”, pero algo que le pesa a esta joven, que en ese momento nunca imaginó lo que estaba por suceder, fue cuanto él le dijo: “Si me muero nadie va llorar por mi”, ella dice se quedó en silencio y le replicó “solo locuras sos”.

Moises se equivocó en la última  frase “Si supiera que han pasado dos años y no paramos de llorar por él”.  Me cuenta además, que fue un niño bueno, un joven dulce y trabajador. Le encantaba escribir y escuchar música, quería estudiar, pero por la falta de recursos tuvo que trabajar desde muy niño, una realidad presente en nuestro país que lucha por librarse del régimen y la pobreza.

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Después del dolor causado por el asesinato de este hijo, nieto, amigo, hermano y tío, lo más difícil asegura esta humilde familia fue que ni siquiera pudieron despedirse tranquilos de su ser querido, debido al asedio policial, “Lo velamos como un delincuente, encerrados y a oscuras, a la hora del entierro íbamos con trapos blancos como pidiendo permiso”. 

“Mi cholita” solía llamar Moises a esa abuelita de pelo blanco, mientras le acariciaba la oreja, Esa misma abuelita cuya mirada se queda perdida mientras contempla la tumba fría de ese niño al que vió crecer y que se fue como un héroe más de esta lucha libertária.

JEYNER MOISES CAMPOS, PRESENTE!!!

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