Monseñor Báez: lavarnos los pies unos a otros es renunciar a dominar, la "Última Cena"

Homilía de Monseñor Silvio Báez, Obispo Auxiliar de Managua, sobre la última cena.

Queridos hermanos y hermanas:

En esta tarde recordamos la Última Cena que Jesús quiso compartir con sus discípulos antes de su pasión en un ambiente de sencillez y familiaridad. Aunque no todo era luz y amistad en aquella cena. Había un punto oscuro, una sombra. Dice el evangelio que mientras cenaban, “ya el diablo había metido en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle” (Jn 13,3). Sin embargo, Jesús no lo excluyó ni lo dejó de amar. Judas participará de la cena e incluso, más tarde, Jesús se inclinará ante él para lavarle los pies. La bondad y la fidelidad de Jesús son siempre más fuertes que la mezquindad, la dureza y la falsedad de nuestros corazones.

La presencia de Judas hizo de aquella cena memorable una imagen de la historia humana, en la que se contraponen continuamente la luz y las tinieblas. La mentira, la traición y la maldad siguen dividiendo a las personas y devastando la convivencia. Llevamos inscrita en nuestro ser la vocación al amor, pero también la dramática posibilidad de su traición. Hemos sido creados para la comunión, pero también podemos ser promotores de desconfianza, de división y de maldad. Jesús mostró en la Última Cena que el amor es siempre posible y que es más fuerte que la maldad y la traición.

Jesús quiso dejar una huella imborrable de su amor fiel en la mente y el corazón de sus discípulos. Como hemos escuchado en la segunda lectura de la Primera Carta a los Corintios: “El Señor Jesús, la noche en que iba a ser entregado, tomó pan en sus manos, y pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en conmemoración mía” (1 Cor 11,23-24). Jesús eligió en aquella cena un signo sencillo que expresara su amor por sus discípulos y su deseo de vivir siempre unido a ellos: un pedazo de pan partido y compartido. Al dárselo les dijo: esto es mi cuerpo, es decir, este pan soy yo, cómanlo. Cada vez que lo partan y lo compartan me recordarán y allí estaré yo realmente con ustedes. Sus discípulos no hemos dejado de realizar aquel gesto y seguimos viviendo con estupor y gratitud su presencia en el pan eucarístico.

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San Pablo recuerda que Jesús hizo esto “la noche en que iba a ser entregado”. De nuevo una referencia a Judas. El Señor da su cuerpo y su sangre a quien lo traicionará y también a los otros discípulos que lo negarán y lo abandonarán esa noche.

Nuestras traiciones, huidas e infidelidades exaltan la grandeza de su amor, como la profundidad del valle permite ver la altura del monte. Dios nos ama de este modo. La Eucaristía no es un don ofrecido exclusivamente a personas selectas que han alcanzado un alto grado de santidad, sino a todos los discípulos de Jesús, de modo especial al pobre, al desdichado, al pecador, a quien está perdido, a quien se ha ido lejos. En la Eucaristía nuestra miseria se convierte en la medida y el recipiente en los cuales el Señor derrama su misericordia. 

                                                   

En la Última Cena Jesús no sólo nos dejó su cuerpo y su sangre, sino que también lavó los pies a sus discípulos. Jesús, “que había salido de Dios y a Dios volvía” (Jn 13,3), realiza el humilde servicio que prestaban los esclavos en las casas a quienes llegaban de la calle con los pies sucios por el polvo de los caminos. Era un gesto de acogida y de servicio, con el cual resumía lo que había sido su vida y lo que sería su muerte en la cruz. Quería dejar grabada en el corazón de sus discípulos la imagen no de un Dios impositivo y lejano, sino la de un Dios que se inclina y se pone a servir al ser humano. Lo que hizo Jesús es lo que hace Dios con nosotros: nos sirve. Se abaja amorosamente hasta nosotros preocupado por lo que necesitamos, deseoso de sanar nuestras heridas y fortalecernos con su consuelo. 

                                                    

Al lavar los pies a los discípulos Jesús nos mostró que servir es una acción divina. El servicio humilde, disponible y desinteresado nos asemeja a Dios; la arrogancia, la prepotencia y el deseo de imponernos sobre los otros, nos aleja de Dios. Hacemos presente el amor de Dios en el mundo y colaboramos a que el mundo sea más humano, asumiendo una existencia semejante a la de Jesús: "Les he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con ustedes, también ustedes lo hagan" (Jn 13,15). Hay que aprender a inclinarse frente a las necesidades y sufrimientos de los demás. Las personas demasiado erguidas en su autosuficiencia y su egoísmo hacen mucho daño. Lavarnos los pies unos a otros es renunciar a dominar, es poner a un lado actitudes que excluyen y humillan a otros, es ayudar a los demás con ternura y alegría a cargar el peso de la vida.

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Con la celebración de esta Eucaristía en memoria de la Última Cena de Jesús iniciamos el Santo Triduo Pascual. Como si estuviéramos presentes en el Cenáculo aquella noche, dejémonos hoy mirar y amar por Jesús y con la fuerza de su amor permitamos que él nos haga pasar de la soledad y de la muerte a la comunión y a la vida. 


Silvio José Báez, o.c.d
Obispo Auxiliar de Managua

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