Monseñor Báez: La victoria del Rey Crucificado, se hace presente en cada victoria de la verdad y de justicia

Homilía de Monseñor Silvio Báez, Obispo Auxiliar de Managua de este Viernes Santo.

Queridos hermanos y hermanas:

Después de escuchar el relato de la pasión y muerte del Señor, volvemos a él la mirada y adoramos en silencio. Jesús está desfigurado por el cansancio, las humillaciones y las torturas a las que ha sido sometido. Hemos escuchado el clamor de la muchedumbre, las palabras cobardes de Pilato, las burlas de los soldados. Ahora todo calla. La Palabra encarnada se ha apagado en el silencio. ¿Que queda ahora ante nuestros ojos? Queda un Crucificado, una Cruz elevada sobre el Gólgota.

Solo hay un pequeño cartel que permite identificarlo, el que Pilato mandó redactar para que fuera colocado en la parte superior de la cruz: “Jesús el Nazareno, el rey de los judíos” (Jn 19,19). Sin saberlo, Pilato tenía razón. En esa Cruz estaba el rey, el rey de los judíos y el rey del universo. Un rey cuyo trono era el suplicio humillante de la cruz, sus insignias reales una dolorosa corona de espinas y un burlesco manto púrpura con el que los soldados lo habían cubierto. Un rey sin poder. La Cruz del Calvario parece indicar la derrota definitiva de Aquel que había traído la luz a quien estaba sumido en la oscuridad, de Aquel que había hablado de la fuerza del perdón y de la misericordia, que había invitado a creer en el amor infinito de Dios por cada persona humana.

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Sin embargo, la Cruz es la hora de la verdad y el escenario donde se despliega la historia del amor divino, más fuerte que la fuerza destructora del mal, la crueldad del odio y el fanatismo de la injusticia. A lo largo de su vida Jesús había ido revelando el amor de Dios con sus palabras y obras. Ahora, en la Cruz, lo hace en un modo mucho más elocuente, gritando silenciosamente el amor de Dios por cada ser humano. Prefiere pasar por condenado, antes de condenar. Acepta la muerte injusta con tal de ofrecer y dar vida a todos. Jesús en la Cruz es el Rey que da “testimonio de la verdad” que sostiene el universo (cf. Jn 18,37): la verdad del amor de Dios, que no está dispuesto a destruir a los injustos y malvados, que no quiere vengarse de los pecadores, que no nos trata como merecen nuestras culpas sino según su misericordia (cf. Salmo 103,10).

                                                    

En la crucifixión de Jesús, Dios ha abrazado todos los dolores y sufrimientos del mundo. El Amor fue crucificado para hacerse presente en todas las cruces y en todos los crucificados del mundo. Ahora sabemos que Dios está en nuestras soledades y dolores, que llora en nuestras lágrimas y nos abraza en nuestra muerte. Ahora sabemos que Dios nos perdona y desea sostener con su amor nuestras pobres vidas rotas por tantos sufrimientos y deformadas por nuestras culpas y pecados. Ahora sabemos que Dios clama y sufre en el dolor de las víctimas, que a Dios le duele el hambre de los pobres y padece en su corazón la desesperanza de los pueblos oprimidos.

El amor silencioso de Jesús en la cruz se manifestará victorioso en la luz deslumbrante de la resurrección, para envolverlo todo y transformarlo todo. De la traición nacerá la amistad, de la negación el perdón, de la oscuridad la luz, del odio el amor. El amor silencioso de Jesús en la cruz recorre la historia humana a través de nuestro amor. La victoria del Rey Crucificado, que “ha vencido al mundo” (Jn 16,33), se hace presente en cada acto de caridad y solidaridad, en cada victoria de la verdad y de la justicia y en cada esfuerzo por defender la dignidad de las personas.

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Jesús muere diciendo: “Todo está cumplido” (Jn 19,30). La Palabra eterna de Dios ha sido dicha en plenitud. Nos ha revelado el infinito amor de Dios, pero también nos ha mostrado el camino que nos hace humanos. Lo verdaderamente humano es el amor generoso y sacrificado, no la imposición y el dominio irracional sobre los demás. Lo verdaderamente humano se revela en la cruz, allí donde se ha preferido perder por amor que vencer humillando y haciendo sufrir. Jesús es el Rey que se apaga en silencio gritando que la esencia de la vida es amar y que la plenitud de la existencia es hacer la voluntad de Dios.

                                                      

Oh, Cruz de Cristo, enséñanos que el alba del sol es más fuerte que la oscuridad de la noche. Oh, Cruz de Cristo, enséñanos que la aparente victoria del mal se desvanece ante la tumba vacía y frente a la certeza de la Resurrección y del amor de Dios, que nada podrá oscurecer, debilitar, ni derrotar. Amén (Francisco, Vía Crucis del Viernes Santo 2016).

Silvio José Báez, o.c.d
Obispo Auxiliar de Managua

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