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Monseñor Báez: la pasión de Jesús por la verdad y la justicia vencerán a la muerte

La victoria del Rey Crucificado, que “ha vencido al mundo” (Jn 16,33)
Confidencial

Monseñor Silvio Báez, obispo auxiliar de Managua, dedicó su homilía de este viernes santo, para recordar la pasión y muerte de nuestro salvador Jesucristo, juzgado por Pilato "un hombre cruel" cuyo "poder se sostiene con la injusticia y la violencia". Una reflexión aterrizada al contexto que vive Nicaragua, donde el régimen se sostiene violando los derechos humanos de presas y presos políticos, de los nicaragüenses obligados al exilio. 

"...su pasión por la verdad y la justicia vencerán a la muerte para siempre y serán el fundamento del mundo nuevo que inicia con su resurrección. El amor silencioso de Jesús en la cruz sigue recorriendo la historia humana a través de nuestro amor. La victoria del Rey Crucificado, que “ha vencido al mundo” (Jn 16,33), se hace presente cuando somos capaces de amar y de perdonar, cuando somos constructores de paz, cuando luchamos por la verdad y de la justicia, cuando defendemos la dignidad de las personas" dijo Monseñor Báez desde la Iglesia Santa Agatha en Miami. 

Les compartimos la homilía del obispo Báez, para su reflexión.


Queridos hermanos y hermanas:

Al escuchar hoy el relato de la pasión y muerte del Señor en el evangelio de Juan, hemos asistido al dramático diálogo entre Jesús y el procurador romano Poncio Pilato (Jn 18,33-37), quien le pregunta a Jesús: “¿Eres tú el rey de los judíos?” (Jn 18,33), a lo que Jesús responde, diciéndole: “Mi reino no es de este mundo” (Jn 18,36). Es como si le dijera: hay dos mundos, dos formas de vivir y de concebir la existencia, yo soy de otro estilo de vida diferente al tuyo.

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Pilato es un hombre cruel, se siente grande por el hecho de tener súbditos y vive imponiéndose con la fuerza sobre los demás. Su palacio está rodeado de soldados y su poder se sostiene con la injusticia y la violencia. Jesús, en cambio, jamás entró en los palacios de los poderosos; hasta ahora lo hace, pero como un prisionero juzgado injustamente. No se presentó nunca con los signos del poder mundano, sino con el poder de unos signos que defendían y protegían la vida. Mostró el poder de Dios a través del amor y del servicio, devolviendo la salud a los enfermos y la dignidad a los pobres y a los pecadores.

                                                   

“Mi reino no es de este mundo” (Jn 18,36). La realeza de Jesús no es como las de este mundo. En los reinos del mundo, lo esencial es vencer, en el reino de Jesús lo más importante es servir. Por encima del poder político y del poder económico y de cualquier otro poder, hay otro poder mucho mayor, que Jesús anunció e hizo presente en el mundo: el poder del amor y de la verdad, del servicio y del perdón. El poder de Jesús fue vivir siempre privado de poder. Jesús no vino para dominar e imponerse, sino para servir y dar la vida por todos (cf. Mc 10,45).

Pilato volvió a interrogar a Jesús, diciéndole: “Entonces, ¿tú eres rey?”, a lo que Jesús respondió diciendo: “Sí, como dices, soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad” (Jn 18,37). Jesús es rey en cuanto es el testigo de la verdad, de la verdad de Dios, de la verdad del amor. Jesús mismo es esa verdad. Él es la verdad que nos hace libres (cf. Jn 8,32); la verdad que ilumina las tinieblas egoístas del corazón; la verdad que nos hace sentir amados por Dios, aún cuando estamos caídos; la verdad que nos da serenidad interior en medio de las luchas de la vida; la verdad que nos comunica la esperanza de vivir más allá de la muerte.

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En el relato de la pasión hemos escuchado el clamor de la muchedumbre, las palabras cobardes de Pilato, las burlas de los soldados. Ahora, todo calla. La vida de Jesús se ha apagado en el silencio. ¿Que queda ahora ante nuestros ojos? Queda un Crucificado, una Cruz elevada sobre el Gólgota. Solo hay un pequeño cartel que permite identificarlo, el que Pilato mandó redactar para que fuera colocado en la parte superior de la cruz: “Jesús el Nazareno, el rey de los judíos” (Jn 19,19).

“En la cruz vemos la monstruosidad del hombre cuando se deja guiar por el mal, pero vemos también la inmensidad de la misericordia de Dios, que no nos trata según nuestros pecados, sino según su misericordia” (Francisco, Viernes Santo 2014). En esa Cruz está el rey, el rey de los judíos y el rey del universo. Un rey cuyo trono es el suplicio humillante de la cruz, sus insignias reales una dolorosa corona de espinas y un burlesco manto púrpura con el que los soldados lo habían cubierto. En el trono de la cruz ha muerto con sus brazos abiertos, como en un eterno abrazo que desea acoger a toda la humanidad. 

El amor silencioso de Jesús en la cruz se manifestará victorioso en la luz deslumbrante de la resurrección, para envolverlo todo y transformarlo todo. De la traición nacerá la amistad, de la negación el perdón, de la oscuridad la luz, del odio el amor. Su lógica de la misericordia y de la ternura, su solidaridad amorosa con los seres humanos, su pasión por la verdad y la justicia vencerán a la muerte para siempre y serán el fundamento del mundo nuevo que inicia con su resurrección. El amor silencioso de Jesús en la cruz sigue recorriendo la historia humana a través de nuestro amor. La victoria del Rey Crucificado, que “ha vencido al mundo” (Jn 16,33), se hace presente cuando somos capaces de amar y de perdonar, cuando somos constructores de paz, cuando luchamos por la verdad y de la justicia, cuando defendemos la dignidad de las personas.

Jesús muere diciendo: “Todo está cumplido” (Jn 19,30). La Palabra eterna de Dios ha sido dicha en plenitud. En la cruz nos ha revelado el infinito amor de Dios, más fuerte que nuestros pecados y que la propia muerte; su resurrección es el triunfo definitivo del amor, de la alegría y de la vida. En la cruz nos ha mostrado también el camino que nos hace humanos. Lo verdaderamente humano se revela en la cruz, allí donde se ha preferido perder por amor que vencer humillando y haciendo sufrir. Jesús es el Rey que se apaga en silencio gritando que la esencia de la vida es amar y que la plenitud de la existencia es hacer la voluntad de Dios.


SILVIO JOSÉ BÁEZ, o.c.d.
Obispo Auxiliar de Managua

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