Los embustes de Daniel Ortega

De Tumarín y la refinería al cuento chino del canal
Archivo La Prensa

Por Enrique Sáenz // Confidencial

Durante varios años, uno de los puntos fuertes del régimen fue la propaganda. Buena parte de la población fue embobada con los cantos de sirena que voceros, medios de comunicación, aliados y paniaguados repetían sin cesar: manipulaciones, mentiras flagrantes, venta de ilusiones, falsificaciones de la realidad.

El estallido de abril demostró que la campaña a base de patrañas había perdido su eficacia y que la gran mayoría de la población, después de tantas ilusiones rotas y groseros embustes, terminó por convencerse de que Ortega y su combo ya no tenían nada que ofrecer. Quedaron en el aire todas las promesas delirantes.

De la hidroeléctrica Tumarín, que inundaría al país de energía, solo quedaron las leyes que aprobaron para dar gusto a los inversionistas brasileños y a los coimeros locales. La inversión se estimó en 1200 millones de dólares. Varios economistas demostraron que los costos estaban inflados en comparación con los estándares internacionales. Allí comenzaba el fraude. Se frotaban las manos con las abusivas tarifas, fijadas con antelación por ley, con las que pensaban esquilmar, por décadas, los bolsillos de familias y empresarios. Esa era la parte jugosa del fraude. ¿Se acuerdan de la empresa Queiroz Galvao? Los famosos concesionarios siguen frotándose las manos, pero en los barrotes de la prisión donde están recluidos, en Brasil, por actos de corrupción.

¿Sobre las espaldas de quiénes recaen los gastos que se realizaron?
¿Quiénes se quedaron con la concesión esperando un momento propicio?

  Diseño del fallido proyecto Tumarín. Los concesionarios brasileños están presos por corrupción.

Y si es el satélite que vendría de China, aparentemente quedó orbitando alrededor de la luna porque por estos lados, ni rastros. Salvo que fuera una señal el famoso meteorito que según los científicos al servicio del régimen cayó en las cercanías del aeropuerto. Ni la NASA registró el meteorito, pero los “científicos” del régimen lo describieron con pelos y contra pelos.

El Banco Produzcamos se instaló con los mejores augurios y con el aplauso de todo el que podía aplaudir. Un proyecto que estuvo en los programas de todos los candidatos en las elecciones del 2006, tenía el potencial de convertirse en una palanca para promover amplios programas de ampliación productiva y modernización tecnológica, considerando sobre todo los caudales de la cooperación petrolera venezolana. Pero no levantó cabeza. Primero se utilizó para repartir créditos prebendarios, después se pasmó. Ahora guarda un sospechoso silencio. No hay que confundir el Banco Produzcamos, de propiedad estatal, con el BANCORP, propiedad privada de Ortega.

El renacer del algodón fue otro alegrón de burro. Los tiempos dorados del oro blanco no regresaron, a pesar de los planes y promesas. Aunque, de acuerdo a las alucinaciones de voceros y paniaguados del régimen, ya no se hablaría de oro blanco, como en otros tiempos se llamaba al algodón, porque novedosas biotecnologías permitirían que las motas brotaran en colores, para pasar directamente a las hilanderías, donde la fibra se transformaría en tejidos que no necesitarían colorantes. Las piezas textiles saldrían a todo color.

¿Y qué me dice de la colosal obra de ingeniería que nos permitiría derrotar los acosos del cambio climático? Hablamos del proyecto conocido como Cota Cien, mediante el cual se elevaría represaría el Río San Juan para elevar el nivel de las aguas del lago Cocibolca, para trasvasarlas luego al lago Xolotlán mediante un maravilloso juego de canales. Las aguas derramadas de lago a lago sanearían en un dos por tres el contaminado lago Xolotlán y después derramarían el precioso líquido que fertilizaría la planicie del pacífico donde se producirían hasta tres cosechas al año. Ortega anunció que ese proyecto sería el eje de su “campaña presidencial” del 2016. Y nada.

El puerto de aguas profundas en el Caribe, que tantos beneficios económicos generaría para exportadores, importadores y consumidores, sigue durmiendo el sueño de los justos.

¿Y el tren que uniría Ciudad Sandino con las zonas francas del aeropuerto y que además tendría un ramal que se desprendería hacia Masaya y Granada? ¿Y la planta de aluminio?

El satélite chino Nicasat 1 se quedó orbitando y nunca llegó a Nicaragua  (Foto: La Prensa)

La refinería El Supremo Sueño de Bolívar que haría al país exportador de hidrocarburos, sin haber explotado jamás un pozo de petróleo, acabó en unos tanques de almacenamiento. Eso sí, la infraestructura que construyeron con una parte de los millones de dólares que se embolsaron de la cooperación venezolana, le sirven a la camarilla gobernante para exprimir los bolsillos de familias y empresas con los sobre precios del combustible.

Y la cereza del pastel: el canal interoceánico. La mayor obra de ingeniería de la historia de la humanidad quedó reducida a una trocha llena de charcos, cuando llueve, y de polvazales, cuando no llueve. Unas vacas merodean por la trocha con su proverbial paciencia no se sabe si custodiando la ruta o esperando, tal vez, ver pasar los portentosos barcos que describía la desenfrenada lengua de Telémaco Talavera.

Mientras Paul Oquist predicaba alrededor del mundo que el maná caería del cielo a raudales, y empresarios nativos ávidos y glotones “competían” en las primeras licitaciones, los sindicatos del orteguismo se afanaban en levantar las listas de trabajadores que serían enganchados, por decenas de miles, a laborar 24 horas del día en la majestuosa obra. Estos sí quedaron -de eso no cabe duda- enganchados. El especulador chino, afortunado beneficiario de la concesión, no se volvió a aparecer y sabrá Dios qué es de su vida. Los turbios negocios y trasiegos de capitales que se realizaron, o se realizan, al amparo de la concesión vendepatria, son también un misterio, igual que se ignora qué pasó, o qué pasará, con los gastos en que incurrieron.

Pero bueno, como alguien decía por ahí, “se puede engañar a todo el mundo algún tiempo. Se puede engañar a algunos, todo el tiempo. Pero no se puede engañar a todos, todo el tiempo.

 Daniel Ortega y Hugo Chávez pusieron la "primera piedra" pero la refinería no existe (Foto: La Prensa)