Universitarios en tiempos de represión

Cada día los estudiantes pasan exagerados controles de seguridad y sufren el acoso permanente de los líderes de UNEN. Desde abril de 2018 más de 36,000 estudiantes de las universidades públicas se han retirado de los recintos, unos han sido expulsados y otros han vuelto con miedo. Estan son las voces de quienes deciden ir a las aulas en tiempos de represión.

Los jóvenes empezaron a  apiñarse en las gradas que conducen al portón Uno de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-Managua). Vista desde el otro lado de la calle, luce como una escena típica para ingresar a una zona de máxima seguridad. Los estudiantes sacan con apuro sus identificaciones mientras se forman en una cola que se extiende en paralelo a los barandales amarillos que separan el andén de un cauce. Es el mediodía del lunes 17 diciembre de 2019, un día cualquiera de clases.

En las graderías, dos guardas de seguridad inspeccionan por más de dos minutos las mochilas o bolsos de cada estudiante. Más adelante, en una caseta,  tres funcionarios de la universidad corroboran en el sistema que sean estudiantes activos, y si les genera “sospechas”, son perseguidos por otro personal. “No parece que esté en una universidad, parece que estoy llegando a una cárcel”, dice Luis, tras casi media hora formado en la cola del escrutinio impuesta por las autoridades universitarias.

                        

Luis volvió en octubre de 2018 a otra UNAN-Managua. No es la misma donde estudiaba antes del 18 de abril de ese año, cuando los jóvenes respaldados por campesinos, feministas, empresarios y toda una ciudadanía hastiada de corrupción y sometimiento, hicieron tambalear a la dictadura que solo ha logrado permanecer mediante el control de las armas.

La universidad de ahora, cuenta, ha aplicado un estricto protocolo de seguridad que pretende aplacar cualquier intento de rebelión universitaria, similar a la del 7 de mayo de 2018 que desembocó en la toma del recinto Rubén Darío por parte de estudiantes inconformes con la represión desatada por el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo contra compañeros de otras universidades. 

La tensión reina en este centro universitario capitalino y desmotiva a los jóvenes que decidieron continuar sus estudios bajo un ambiente de represión constante. A José Daniel, por ejemplo, le falta un año para terminar su carrera y todos los días se plantea dejar de ir a la universidad. No es que no quiera graduarse, solo que está desencantado de la que un día consideró la mejor de Nicaragua para estudiar Medicina.

“Aquí ahora todo es más discurso y menos estudio”, dice. Todo ha cambiado en esta universidad que en 2018 estuvo tomada durante 68 días por los estudiantes que se alzaron para exigir justicia, democracia  y libertar a Daniel Ortega. 

El dominio del régimen sobre esta universidad ahora es más evidente que nunca. Se percibe en los controles de ingreso en los portones, en los pasillos, en las aulas y en el discurso que pronuncian los mismos docentes. 

Y a eso habrá que agregarle que el régimen ha fortalecido su presencia partidaria e intimidante a través de mensajes que aparecen en forma de pintas con la palabra “plomo”. Las banderas del Frente Sandinista se ven en varias zonas del recinto, todos los días resuenan canciones pro régimen y los maestros, lejos de promover el pensamiento crítico de los estudiantes, repiten el discurso oficialista y amenazan a quien se atreva a disentir. También hay carteles donde acusan a los estudiantes que se atrincheraron en el recinto de ser golpistas y terroristas. 

                           

“Ser universitario es una situación muy compleja, triste, ya que, si sos crítico del régimen tenés que callar y aguantar la propaganda que se hace dentro de la universidad, para poder terminar tu carrera que tanto sacrificio ha costado a los padres y a uno mismo”, comenta José Daniel, a quien también hemos cambiado el nombre para evitar exponerlo a represalias.  

En la UNAN – Managua está prohibido hablar de la crisis sociopolítica que vive el país. Solo está permitido hacerlo si es para mostrarse a favor de Daniel Ortega. Hay entre los estudiantes un temor a represalias de parte de las autoridades académicas que va desde la suspensión de la beca universitaria hasta la expulsión definitiva sin derecho a historial académico. 

“Se siente muy raro ser universitario, es como que te quieren adoctrinar. En la facultad de Medicina cuando hay fechas importantes para los sandinistas ponen un parlante con música sandinista a alto volumen, a mí me molesta, porque se siente que te quieren adoctrinar. Yo no comparto ese tipo de pensamiento político, pero tengo que estar obligada a estar escuchando ese tipo de canciones”, lamenta María José, otra estudiante.

ALTOS NIVELES DE DESERCIÓN

La represión a las universidades y el tenso clima de estudios en Nicaragua ha pasado factura a la matrícula. 

El Consejo Nacional de Universidades (CNU) reportó que la deserción universitaria global en 2018 fue del 17.98% del total de 127,001 estudiantes matriculados. Es decir que el órgano rector de la educación superior reconoce que 22,835 alumnos abandonaron las aulas.

Sin embargo, la misma Rendición Social de Cuentas 2018 del CNU  contradice la cifra oficial de deserción, la más alta desde el año 2012, según los registros disponibles.

Los datos de matrículas iniciales, finales y retención estudiantil de las diez universidades públicas revelan que la deserción real fue del 28.80%, lo que equivale a 36,585 alumnos.   

En la Universidad Politécnica de Nicaragua (Upoli) se identifican los índices más altos de abandono de estudios: inició el año 2018 con una matrícula de 10,585 estudiantes y lo cerró con apenas 3,680. Es decir, que el 65.23% de la población estudiantil de esta casa de estudios no retornó a las aulas cuando las autoridades se plegaron al mandato de “normalidad” orientado por el régimen.

La Upoli fue uno de los bastiones de la lucha cívica que lideraron los universitarios. Fue la primera universidad tomada por los jóvenes y, por tanto, fue escenario de encarnizados ataques de policías y parapolicías.

En segundo lugar de deserción, se encuentra la Universidad Nacional Agraria (UNA), que inició el 2018 con 4,396 matriculados y cerró con 2,349, lo que equivale a un abandono de 46.57%. 

En la UNAN- León hubo una deserción del 33.23%. Inició el 2018 con 27,519 estudiantes y lo terminó con 18,374.

En la UNAN - Managua, 8,469 estudiantes abandonaron las aulas tras las represión orteguista. En esta casa de estudios la deserción universitaria fue de 22.11%. Iniciaron ese año 38,302 estudiantes y concluyeron 29,833 matriculados.

Ramona Rodríguez, presidenta del CNU, en una entrevista con medios oficialistas, minimizó la cifra y dijo que el índice de abandono está dentro de los rangos “normales”, “porque la mayoría de los estudiantes se retiran por diversas razones”.

Sin embargo, los datos del CNU la contradicen. Entre el 2012 y 2017, hasta antes de la crisis, los rangos de deserción universitaria oscilaron entre el 11% el 15%, por lo que el abandono de más de 8,000 estudiantes solo en la UNAN - Managua 2018 es evidentemente anormal. 

En la UNI, otra de las universidades golpeadas por la represión ordenada por el régimen, la deserción en 2018 alcanzó el 32.68%. Ese año matriculó a 13,831 estudiantes, pero solo 9,311 se mantuvieron. En total, desertaron 4,502 alumnos.

La Universidad Centroamericana (UCA) es la que registra los mayores índices de retención universitaria, solamente superada por la Universidad de las Regiones Autónomas de la Costa Caribe Nicaragüense (Uraccan). 

La UCA en 2018 registró una retención del 80.58%. De 7,771 jóvenes matriculados 6,262 continuaron estudios. Sin embargo, la UCA ha sido la más castigada económicamente por la dictadura.

A las cifras de deserción universitaria se suman los 25,000 estudiantes que de acuerdo al Consejo Superior de Universidades Privadas (Cosup) desertaron de las centros universitarios privados en 2018. 

siente muy raro ser universitario, es como que te quieren adoctrinar. En la facultad de Medicina cuando hay fechas importantes para los sandinistas ponen un parlante con música sandinista a alto volumen, a mí me molesta, porque se siente que te quieren adoctrinar. Yo no comparto ese tipo de pensamiento político, pero tengo que estar obligada a estar escuchando ese tipo de canciones”, lamenta María José, otra estudiante.

UCA BAJO ASEDIO POLICIAL CONSTANTE

A finales de noviembre, un fuerte dispositivo policial intentó a toda costa aplacar una protesta estudiantil que se desarrolló a lo interno del recinto de la Universidad Centroamericana (UCA). Los oficiales lucharon contra jóvenes que portaban carteles en contra de la dictadura, ondeaban banderas azul y blanco y coreaban consignas por libertad, justicia y democracia. En esa escena estaba reflejado el miedo de la dictadura por otro levantamiento universitario. Los policías golpeaban el portón que los dividía de los jóvenes mientras estos  alzaban la voz por una Nicaragua libre. 

La represión fue condenada por los organismos defensores de derechos humanos y las organizaciones civiles que se conformaron a raíz de la crisis como la Unidad Nacional Azul y Blanco y la Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia. A diferencia de otros recintos, en la UCA las autoridades han permitido que sus estudiantes protesten y lo han hecho conscientes del costo que eso representa: asedio policial y recorte presupuestario del 6% constitucional. 

María es una de las estudiantes que ha desafiado al régimen desde esa universidad. Ella ha liderado y convocado las manifestaciones que desde ahí se han organizado. “Nosotros no tenemos el control de UNEN, ni de las autoridades, pero sí sufrimos el asedio de los guardias que nos sitian”.

Después de cada protesta, que generalmente se realiza a mediodía, los estudiantes tienen que esperar tres horas hasta que las fuerzas represivas de la dictadura puedan marcharse. 

“La dictadura está clara que la UCA tiene un papel relevante, lideró las manifestaciones de abril, y sus autoridades han sido claras en sus mensajes al régimen. No nos  van a callar, y saben que somos capaces de levantar nuevamente a los estudiantes, porque se instalan en el recinto para impedir que nos manifestemos”, comenta un estudiante de Comunicación de la UCA. 

Consciente que no tiene margen de maniobra en la UCA, el régimen ha optado por castigarla con recortes presupuestarios. En 2019 le asignaron 184.5 millones de córdobas, lo que representó una reducción de 67.3 millones de córdobas respecto a los 251.8 millones de córdobas que se le aprobaron en 2018 antes del estallido social de abril de 2018. La medida afectó directamente a unos 2,000 estudiantes becados.  

El CNU creó un fondo semilla de 53 millones de córdobas que serán utilizados para reparar los daños en las universidades que fueron afectadas por la insurrección abril de 2018. En el caso de la UCA, atacada en varias ocasiones por turbas orteguistas, policías y paramilitares, el régimen no le dará ni un córdoba de ese fondo, denunció el rector José Alberto Idiáquez.

MENOS CLASES, MENOS CALIDAD 

La tarde del viernes 20 de septiembre, a pocas horas de su salida, Isabel, docente de la UNAN-Managua, recibió en su correo electrónico la orientación que la semana entrante impartiría clases solo tres días porque le asignaron una nueva función: cuidar el recinto en las noches para evitar que “terroristas” se la tomaran de nuevo. 

Isabel, que hasta los 50 años que recién cumplió se consideraba sandinista, empezó a cuestionar para sí misma la debacle de la educación superior. Aunque no reconoce que el problema empezó en 2007 cuando Ortega llegó el poder, admite que la situación que enfrentan los docentes y universitarios es inadmisible y que, ahora sí, rompe la autonomía universitaria, y peor aún, la calidad de la educación.

“No es posible que esté sacrificando las clases por hacer guardia”, protesta desde su casa en Managua. “¿Y qué van a aprender los chavalos?”, cuestiona. A principios de enero de este 2020 recibió otro correo en el que le notificaban que ocho horas de los sábados y domingos tiene que estar “cuidando” la universidad. En el mismo mensaje también le fue notificado que su salario sufriría una reducción porque estaba impartiendo menos horas-clase.

“Protesto porque, obviamente, me afecta que me bajen el salario, pero también que estén atentando contra el futuro de los estudiantes”, relata molesta.

La crisis sociopolítica ha tenido un impacto directo en la vida académica y la calidad de la educación en todas las universidades públicas. En la UNAN – Managua, han ajustado horarios, suspendido as clases nocturnas y dominicales y hasta se ha cambiado la forma de evaluar a los estudiantes. 

 “Antes teníamos clases cinco días a la semana, en la actualidad solo venimos dos días a la semana. Esto afecta porque no es tiempo suficiente para la explicación de los temas, lo que los maestros hacen es enviar mucho material a diferentes plataformas virtuales para que los estudiantes se apoyen, pero no todo el mundo tiene acceso a una computadora”, detalla otro joven universitario con el que se entrevistó Despacho 505 para este reportaje.   

El sistema de evaluación pasó a ser bimodal. Más del 50% de las clases se reciben en línea. “Eso afecta más que todo para las carreras que son bastante prácticas como la mía. Ahora las asignaciones en línea son un montón, al reducir las semanas, eso ha creado mucho estrés y conflictos”, confiesa María José, estudiante de cuarto año de optometría. 

En mayo de 2019, la universidad emitió una circular donde se detalló  la suspensión de las clases nocturnas —que hasta ahora siguen suspendidas— y la reducción de clases presenciales para todas las facultades. 

De tal manera que los estudiantes pasaron de recibir hasta cinco días de clases presenciales, a solamente dos o tres días. Todo lo demás debían estudiarlo desde casa. 

Los despidos de maestros que se mostraron en contra de la represión orteguista también han tenido un efecto en la calidad de la educación universitaria.  “Actualmente en la universidad no hay calidad educativa, ya que tras despedir a maestros buenos contrataron a personas solo porque son partidarias del Gobierno, pero estos claramente no están capacitados y lo que hacen es portar con orgullo la bandera sandinista. Esto provoca decepción y desesperación como estudiante, no hay satisfacción ni se despejan dudas”, explica un estudiante de Comunicación de la UNAN. 

“Con todo esto que ha sucedido también han sido destituidos catedráticos, al menos 60 se calculan, sin causa justificada. De esos son 43 de la UNAN Managua y 13 de la UNAN- León, de esta última la mayoría son médicos de la Facultad de Medicina, y la razón fue haber dado asistencia médica, eran catedráticos con especialidades adquiridas fuera del país, lo que ha afectado la calidad de la enseñanza en la Facultad de Medicina y en las otras facultades donde se han despedido maestros distinguidos”, agrega el doctor Carlos Tünnermann, exministro de Educación y coordinador general de la opositora Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia.  

Sostiene que en la actualidad se ha perdido calidad y pertinencia en los estudios y esto también afecta a todo el sistema educativo, porque también hay una politización en los sistemas primarios y secundarios. “Hay una manipulación política en la educación que está afectando en todos los sectores académicos”, dice.

EN OTRAS CASAS DE ESTUDIO

En la Universidad Politécnica de Nicaragua (Upoli) la vida académica de los estudiantes también ha sufrido cambios. “Ha cambiado en el aspecto de que la seguridad está más alta, las autoridades de la universidad están alerta de lo que pasa. Los horarios en la universidad se han mantenido, aunque a raíz de los eventos de 2018 se han reducido las clases prácticas, ahora muchas son en línea, tengo entendido que aún hay clases nocturnas”, señala una estudiante de Finanzas. 

La Upoli fue, junto con la UNI y la UNA,  un bastión importante de la Rebelión de Abril. Permaneció tomada 52 días, hasta junio de 2018. Ahora sus estudiantes se enfrentan al meticuloso proceso de revisión de mochilas y carné. “Es prohibido hablar del tema de la crisis que vive el país, ya que la universidad no quiere verse involucrada”, comentan estudiantes. 

“Estar en una universidad actualmente es sentir mucha presión y no solo por las actividades académicas, sino por la presión social y el nivel de represión que vive el país, no es posible estudiar tranquilos cuando hay tantos problemas sociales, cuando un Gobierno está empecinado en quedarse en el poder para siempre, no es posible estudiar tranquilos cuando muchos de nuestros compañeros están muertos, encarcelados y en el exilio”, agrega otra joven que estudia en la Upoli. 

A pocos  días de que los universitarios regresen a las aulas, el país vive momentos de máxima tensión. Por tercer año los estudiantes de la UNAN, la UNA, la UNI y la Upoli se enfrentarán al control de las autoridades y de UNEN, mientras que los de la UCA afrontarán la represión imparable de la policía. 

Ante eso, Luis, el estudiante que hace filas en la UNAN para poder entrar, piensa en dejar sus estudios y buscar una beca en universidades de Costa Rica y España. Su decisión es solo un efecto del hartazgo y desencanto de los jóvenes por la educación superior de Nicaragua. 

EDICIÓN: Edith Pineda

COLABORACIÓN: Diego Silva 

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