El arte de la lambisconería y la mutación política en Nicaragua

La Prensa

El culto a la personalidad casi siempre está asociado con el autoritarismo como estilo o el totalitarismo como sistema político.

Me divierte escuchar a los funcionarios del gobierno iniciar sus alocuciones citando siempre las palabras del estribillo: “en nombre del comandante Daniel y la compañera Rosario”, a quienes atribuyen todas las iniciativas y bondades que el régimen emprende.

Siempre aparece la muletilla obligada, la mención infaltable, los nombres mágicos que todo lo alumbra. Es la fórmula inevitable, la cita salvadora, el halago que endulza el paladar del poder autoritario y, de paso, pone en evidencia protectora la lealtad de quien la pronuncia.

El elogio desmesurado, la atribución alocada de virtudes y méritos se vuelve casi un arte, el arte de la lambisconería mezclada al cálculo político oportunista y despreciable.

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Al interior del gobierno se encuentra una camarilla que está dispuesta a destruirlo todo con tal de no perder su condición de cortesanos.

El círculo palaciego, el clan de cortesanos, todos ellos de columna elástica, de pescuezo flexible y sonrisa fingida, siempre dispuestos a la apología y al embaucamiento, al engaño y el fingimiento. Así se alimenta el estilo autoritario y se institucionaliza el culto a la personalidad del dictador.

Mutación política 

Las batallas culturales, sociales y políticas no se ganan para siempre. Por determinadas luchas y logros en el terreno de los derechos humanos, las sociedades se democratizan y así, en ellas, son reivindicados por sectores de la población, antes marginados y discriminados.

Pero tales avances no pueden darse por sentado de una vez y para siempre, ya que constantemente los adversarios de la sociedad abierta y democrática buscan cerrar el paso a la diversificación económica, política y social.

Algunos de los que lucharon por democratizar la sociedad nicaragüense sufrieron una mutación política y se transforman en figuras semejantes a las que combatieron. Abandonan la vieja ideología política epidérmica cuando ya no le es funcional.

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Muchos miembros de la política nacional se percataron, producto de la vieja cultura política, que podían despojarse de la piel que le había servido en la etapa política revolucionaria, de ascenso social, y que a partir de la nueva coyuntura nacional e internacional era un estorbo.

La mutación política es como el cambio de piel de una serpiente. Cuando el animal ha crecido, la vieja piel que estorba debe ser abandonada. Expertos en el estudio de anfibios y reptiles señalan que la hembra es la que juega un rol dominante y muchas veces consume literalmente a su pareja.

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En los ofidios, la capa córnea de la epidemia es abandonada como un manto viejo, pero conservando la forma externa estructural, lo cual hace pensar que esa persona piensa de igual manera que en la etapa revolucionaria de los años ochenta. Sin embargo, la operación de mutación de los políticos es regulada por los cambios políticos endógenos y exógenos.

La vieja camisa política-ideológica queda atrás como vestigio de una etapa mientras emerge un animal político revestido de una nueva y más eficaz envoltura para justificar su metamorfosis, su mutación política

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