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Interpretando a Daniel Ortega

“Daniel Ortega de hoy no se explica sin Rosario Murillo. Ambos se complementan. Ortega encontró lo que a él le faltaba. Y Murillo encontró en Ortega el vehículo que necesitaba”. Marcelo Valle Fonrouge. Embajador de Argentina en Nicaragua 2013-2019.

Nadie sabe bien cuál será el próximo movimiento de Ortega. Es parte de su poder. Su capacidad de mantener ocultos sus próximas jugadas, de despistar a propios y extraños, de engañar al gran capital y a los poderes fácticos. Después de 15 años en el poder, los políticos siguen sin descifrar al dictador. La voluntad de quedarse en el poder sigue en su mente.

Rosario Murillo tiene una influencia determinante en la formulación de la política cotidiana. Ambos han manejado decenas de millones de dólares, tanto en bienes públicos como del dinero venezolano, para corromper, enviciar y seducir a muchos miembros de los poderes fácticos. Ella se ve a sí misma como protectora y garante de la estabilidad del régimen, igualmente ha sido hábil para manejarse en los tortuosos senderos del poder.

Siempre la historia, trabajada y usada correctamente, ilumina el presente. Aunque Ortega no lo ha dicho, medios y analistas dan por sentado que pretende instaurar una dinastía como parte de su legado político; como la de Anastasio Somoza García, Luis Somoza Debayle y Anastasio Somoza Debayle (1936-1979).

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Nada se entiende de la imposición del régimen dictatorial sin la connivencia de los poderes fácticos, la desatención por parte de los EEUU y la comunidad internacional y la colaboración de los partidos comparsas y políticos zancudos. La práctica del nepotismo de parte de la dictadura no augura nada bueno y demuestra el deseo de mantenerse en el poder más allá del 2026 con el propósito de establecer una nueva dinastía familiar.

La imposibilidad de atender a la realidad es un trastorno causado en Ortega-Murillo por la prioridad absoluta que le confiere su objetivo político personal: mantener el poder para alumbrar la nueva dinastía. Es decir, ignoran las exigencias de la realidad socioeconómica, y cifran sus esperanzas para sobrevivir gracias al endeudamiento del país, el apoyo de los poderes fácticos y en la insensata creencia en la invulnerabilidad de su poder.

Cuando se impone esa actitud de fondo negacionista e ilusorio, el poder dictatorial trata de impedir la difusión de la realidad que les deslegitima. Fomentar el oportunismo es una y otra vez la vía elegida para afrontar cuestiones complejas y evadir la realidad. No hay que olvidar que los políticos tradicionales son alérgicos a la autocrítica, hábiles creadores de cortinas de humo y expertos en huir hacia adelante.

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La narrativa oficial tiene como objetivo tapar su propia esencia totalitaria acusando a sus adversarios de ser “golpistas” para absolverse de su práctica represiva. La narrativa oficial sirve no tanto para deslegitimar, sino para impedir la construcción de un horizonte de cambio y el pensar en futuros alternativos. Es decir, la narrativa oficial apunta a salvar el sistema y el “statu quo” aceptable para la plutocracia y excluir otras vías.

Ortega se mantiene en la cúpula de la dictadura con el apoyo de los miembros pertenecientes a los principales círculos de poder y poderes fácticos, lo que empata con el capitalismo de amiguetes que actúa como ave de rapiña dispuesta a identificar el momento oportuno para llevarse a su presa. La corrupción de la administración orteguista es evidente para todo el mundo. A la sombra del poder se utilizan los organismos oficiales para hacer negocios fabulosos.

La corrupción y la impunidad de los miembros de los círculos de poder son uno de los pilares del cimiento de la dictadura. La corrupción y la impunidad permiten un sistema de evasión fiscal, malos manejos financieros, blanqueo de los ingresos del narcotráfico y esconder los movimientos de los capitales ilícitos. Son personas que debido a su posición política y/o económica de prominencia e influencia pueden blanquear de alguna forma los dineros ilegales.

Ortega se afirma en el poder militar y político para usurpar los valores sociales. Aquí no hay inversión productiva de capital, sino especulación o robo. El país encuentra una cadena interminable de violencias y despojos mientras hombres de mano saquean y asesinan para quedarse con los medios de vida de las comunidades campesinas e indígenas de la Costa Caribe. Los indígenas son víctimas de la hipocresía de la clase dominante (política y empresarial) donde unos reciben dinero y otros ponen los muertos, y mientras unos se declaran favorables al “diálogo” y otros son encarcelados por pensar diferente.

De momento ni norteamericanos ni europeos se plantean derrocar a Ortega. Advierten, sin especificar, de mayores sanciones en caso de continuar la escalada dictatorial y represiva, sin embargo, no contemplan penalidades económicas para arrinconar al dictador a negociar. Mientras tanto, Ortega se ha mantenido tozudamente firme ante la ausencia de sanciones con dientes que lo obliguen a retroceder. Su dogma ha entrado en un declive desde abril 2018 y hoy su imagen cae en barrena de acuerdo a las encuestas. Sabe que se encuentra en un endeble equilibrio político que al primer paso fallido lo haría deslizarse al abismo, de ahí su conducta inmovilista y represiva.

Desde la aprobación de la Ley Nica Act, diciembre 2017, EEUU ha buscado como forzar a Ortega a ceder espacios, sin que las presiones hayan sido suficientes y eficientes para obligarlo a negociar una salida democrática. Ni EEUU ni la Unión Europea han sido capaces de poner en marcha una estrategia exitosa, se están quedando sin opciones. Sin duda el corregimiento hacia Rusia y China es para EEUU es un disgusto mayor e incrementa de las relaciones más complejas con la comunidad internacional. Todo indica que el sueño de Ortega es “jugar en las grandes ligas” de la geopolítica mundial con el riesgo de terminar siendo la “hierba de la pelea de los elefantes”.

La Ley Renacer (noviembre 2021) y la Resolución de la Unión Europea (diciembre 2021) no tienen amenazas concretas existenciales ni mellan la férrea institucionalidad de la dictadura; a Ortega nada lo hará cambiar de estrategia de no ceder mientras no vea que las sanciones debiliten sus pilares de sostenimiento, su estrategia seguirá siendo ganar tiempo y perpetuarse en el poder ante las sanciones inocuas y la oposición real sin estrategia.

Todo parece más bien que Ortega está dispuesto a seguir tirando de la cuerda (incrementando la represión, buscando el paraguas de sus nuevos ¿socios estratégicos? de Rusia y China, renunciando a la OEA, emitiendo declaraciones en contra de Colombia, considerando a EEUU un problema sistémico, etcétera), lo indica que promueve una “estrategia heavy metal”, para obtener concesiones internacionales que, desde su perspectiva, garanticen su permanencia en el poder y su papel en tablero político centroamericano. Esa estrategia marca muchos de sus movimientos diplomáticos con la voluntad de insertarse como un peón en el tablero geopolítico global.

Ortega ha tomado en cuenta que el mundo está cambiando y cuenta que este es el momento para aprovechar la situación del declive y las grietas que sufre los EEUU por poderosos embates domésticos y foráneos, crisis migratoria; una Europa dividida por el coronavirus, la migración y el tema de Ucrania; el ascenso del protagonismo mundial de China a través del comercio y las inversiones; el resurgimiento del papel de Rusia; en ese contexto Nicaragua ha entrado a una interfaz sumamente delicada que definirá la geopolítica de la región en los próximos años como parte de un teatro más de la batalla geoestratégica mundo tripolar (EEUU, Rusia y China). En la necesidad de buscar aliados internacionales que balanceen su aislamiento internacional quiere meter a Nicaragua en esa batalla política geoestratégica con el objetivo de eternizarse en el poder.

Los riesgos de una ruptura del actual equilibrio inestable de la sociedad nicaragüense y sus repercusiones en la región centroamericana son enormes, producto de la combinación de las cinco crisis, del proceso de implosión en algunos de los pilares de sostén de la dictadura y por el incremento del aislamiento internacional. Todo lo cual afectaría al sistema económico-financiero, acrecentaría la desigualdad social e incrementaría la migración hacia los EEUU.

En este contexto de tensión creciente, Ortega ha decidido mantener a los presos políticos encarcelados. Exige de manera concreta y directa que todas las sanciones sean anuladas para poder entablar una negociación. EEUU y la Unión Europea siguen apostando a que una salida de la crisis sea por la vía electoral, lo que paraliza cualquier sanción que golpee de manera contundente los pilares de la dictadura. Mientras tanto, Ortega repite “EEUU y sus aliados deben poner fin de inmediato a sus habituales actos hostiles contra nuestro país”.

Ciertamente, ha habido sanciones individuales, pero Ortega las considera asumibles ante los avances de su objetivo estratégico: ganar tiempo para permanecer en el poder. Apuesta que, a través de la represión va a conseguir sus fines sin necesidad de hacer mayores concesiones. Es verdad que las declaraciones de EEUU y la Unión Europea se han endurecido pero no han tenido ningún efecto en fracturar ninguno de los pilares de la dictadura. Si las sanciones no son suficientemente contundentes, excluyendo la acción militar, la voluntad de Ortega irá avanzando en su objetivo estratégico principal: construir una dinastía familiar igual a la somocista.

Nicaragua no es solamente un territorio de paso para el narcotráfico y este último no opera solamente en la Costa Caribe del país. Los vínculos crecientes entre el narcotráfico, la política, el ejército, los paramilitares y los tres brazos del poder estatal, más la corrupción e impunidad dibujan los contornos de la dictadura. En este contexto es comprensible que Ortega haya perdido el beneplácito de EEUU, de algunos sectores del capital local e internacional, factores que entran en simbiosis acelerando las tendencias corrosivas que ponen en peligro el equilibrio inestable. Esta descomposición afecta las relaciones entre EEUU y Nicaragua, vinculados por el comercio, las inversiones, las remesas, la migración y el narcotráfico. Todo indica que la política de EEUU es tratar de contener la erosión del tejido social para evitar un nuevo tsunami social parecido al 2018 y apuestan por un proceso de implosión por dentro.

A muchos líderes de la oposición les ha costado trabajo deponer sus egos para armar una coalición en la que todos tiren hacia el mismo lado: derrotar a la dictadura. Han invertido mucho de su tiempo en la mecánica electoral pero no en ponerle carne a una estrategia unitaria que permita crear un contrapoder. Tampoco tienen conciencia que la derrota electoral de 1990 es vista como una tragedia para Ortega y que resuena aún en la cabeza de la elite orteguista, razón por la cual no aceptan hacer elecciones transparentes.

Persiste la práctica de la cultura política tradicional que está volviendo cada vez más normal de la política de la lucha por el poder. Por un lado, serruchar el piso al liderazgo político emergente al interior de la oposición por parte de los viejos políticos tradicionales con el propósito de desprestigiarlos, sacarlos del juego y prepararse a establecer un nuevo pacto con la dictadura aduciendo al pragmatismo político. Y por el otro lado, se implementa la política de apaciguamiento con la ilusión de que Ortega terminará haciendo concesiones.

Ortega está consciente que puede ser derrotado desde adentro por eso ha aplicado una política de mano cada vez más firme en contra de la disidencia interna para evitar el proceso de implosión. Al mismo tiempo, usa como instrumento de consolidación una narrativa que descansa en el culto a su persona, en valores como la familia tradicional, la instrumentalización de la religión, los vínculos espirituales y el patriotismo.

Hay que tomar conciencia que la mayoría de los nicaragüenses están preocupados por sus bolsillos y el costo de la vida. Los que perdieron el empleo están preocupados por la falta de oportunidades y su empobrecimiento. Miles de jóvenes migran por el desempleo, la represión y la ausencia de un cambio para progresar.

Para los jóvenes menores 29 años, la dictadura Ortega-Murillo es el sistema en el que han vivido toda su vida adolescente, el sistema que no da respuesta a sus necesidades más primarias: con actual sistema a menudo no comen, no se curan, no se educan, ni siquiera consiguen un trabajo. Y entonces lo cuestionan y, al final, prefieren emigrar. Algunos miembros de la jerarquía católica abogan por el “diálogo” como la única salida a la crisis política y económica de Nicaragua que ha desencadenado la migración de los desesperados debido a la falta de empleos y oportunidades en el país.

Abril 2018 marcó el inicio del fin del ciclo político de Ortega, de la misma manera que el asesinato de P.J. Chamorro caracterizó el principio del fin del ciclo político de Somoza. El sistema orteguista entró en barrena y los engranajes del poder comenzaron a chirriar, se formó una especie de tormenta perfecta: pérdida de legitimidad, fractura de su base social, condena internacional, fisura con el gran capital, rotura con la iglesia católica, desafección de sectores de la clase política tradicional, factores que resquebrajó el mapa político, etcétera. Sin embargo, Ortega rehúsa aceptarlo, por eso implementa la estrategia de “vamos con todo y nulo entendimiento” para evitar su caída. Aunque estratégicamente Ortega está derrotado, sobrevive gracias a la represión y a la existencia de una elite conservadora, corrupta y de mentalidad anticuada.

A partir del 2018 la dictadura vive un período de equilibrio inestable permanente, el orteguismo ha demostrado ser demasiado débil frenar su decadencia y demasiado fuerte para abdicar pasivamente; el movimiento popular ha sido demasiado fuerte para evitar ser aplastado y demasiado débil para deponer sin organización ni estrategia a Ortega. Al mismo tiempo, las nuevas generaciones políticas no son aún lo suficientemente curtidas y experimentadas para poder romper un aparato de represión bien lubricado.

Ortega tiene conciencia que no tiene posibilidad de mantener el mismo tiempo una modernización de la economía, el nivel de vida de la población, seguir amparando los privilegios de la clase dominante, hacer frente a una pronunciada regresión social expresada en la existencia de 4 millones de pobres, su pérdida de legitimidad política, una crisis ideológica y moral muy profunda que ya no puede controlar. Frente a ello recurre al “diálogo” para tratar de contrarrestar esa situación.

El “arte de gobernar” de Ortega se debe por entero a los equilibrios inestables que modifican las relaciones de fuerza en un sentido preciso: debilitamiento estructural de la dictadura, pero sin provocar su derrumbe. La táctica de Ortega es que a través del diálogo intenta metamorfosear, transformar su dictadura en una “democracia de ficción”, combinada con medidas demagógicas para permanecer en el poder.

La convocatoria de un “diálogo nacional” por parte de Ortega es el resultado de condiciones objetivas inevitables que se expresa en la crisis cada vez más profunda del sistema. El orteguismo es demasiado fuerte para debilitarlo en un diálogo convocado por el mismo Ortega, su objetivo es metamorfosear, disfrazar la dictadura ya sea en una “democracia de ficción” o establecer una “timocracia” o sea un gobierno oligárquico para mantenerse en el poder.

En el año 2022, todo parece indicar que la evolución del régimen será entre un “endurecimiento” de la represión selectiva o una “falsa democracia”, o una combinación entre las dos, producto de una oscilación entre los polos de la política orteguista. Dado el reflujo del movimiento popular Ortega puede transferir el centro de gravedad de la política hacia el ala “integracionista” o pactista de las elites. Son dos formas combinadas del ejercicio del poder, que se alternan según la evolución de la correlación de fuerzas. Pero dicho zigzag no va dejar de mostrar las contradicciones internas que existen al interior de los círculos de poder. Esta política de bamboleo espasmódico mostrará las tensiones políticas internas.

Los poderes fácticos se arriesgan a seguir apoyando a Ortega porque se siente fuerte y protegido, impunes. Son parte de la maquinaria de poder de la dictadura y saben que, cuando las papas queman, podrán contar con el dictador sin temor a sanciones efectivas; él se movilizará para poner cuantas cataplasmas hagan falta para ocultar las acciones fraudulentas e ilegales que permita evitar la fractura de uno de sus pilares.

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Hay que tener claro que para el gran capital ni la democracia ni los derechos humanos están delante de las ganancias. En las relaciones con Ortega pesa más el evidente interés económico, sus propios intereses, aumentando, de esa forma, su dependencia, su vulnerabilidad y la ausencia de independencia frente al poder.

Las fuerzas de oposición real buscan una estrategia para derrotar a la dictadura, mientras tanto, la oposición real, como Sísifo, va y vuelve con su roca sin encontrar una estrategia y se enreda en la fragmentación política. Ahora es como si la roca estuviera en la cima, con la disyuntiva de rodar por una pendiente suave o despeñarse por algún abismo debido a la falta de una estrategia unificada para derrotar a la dictadura. La lucha política se ha vuelto más compleja, pero no imposible. El reto es gestionar la complejidad y construir un contrapoder para vencer.

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