Ortega Murillo, su lógica es el todo o nada

La inteligencia no es sólo información, sino juicio para manejarla correctamente.

La rebelión de abril 2018 abrió una crisis sistémica irreversible del modelo corporativo, modelo que consiste en un crecimiento económico sin distribución de la riqueza y con correas de transmisión entre el poder político y las elites empresariales.

La desigualdad mató el modelo. El crecimiento económico en beneficio de unos pocos y la distribución de la riqueza se comportaron mutuamente excluyente.

La distribución del ingreso y los insuficientes mecanismos de movilidad social (educación de calidad, acceso a los servicios de salud, empleo, vivienda) ahogaron, lentamente, el modelo corporativo, y la animadversión social creada por las desigualdades terminaron por colapsar el modelo.

La complejidad del momento no tiene respuestas fáciles. Los síntomas del momento son la volatilidad sociopolítica, la fragilidad del autoritarismo, el agotamiento del modelo corporativo y la resurrección parcial del movimiento social.

El modelo corporativo significó un estancamiento a la movilidad social y un incremento de los flujos migratorios que terminaron por colapsar al modelo. Todo lo cual sólo puede derivar en un cambio en el modelo de representación política.

El modelo político que tenemos fue diseñado para otra ciudadanía, para otro pueblo, para otro tiempo sin redes sociales. El 70 por ciento de la población tiene menos de 30 años; por lo tanto, las conexiones inalámbricas y el internet influyen en la nueva ciudadanía con mayor capacidad de interactuar e informarse.

En esta coyuntura, no es fácil realizar un análisis político. Las posiciones del régimen no se mueven. El maniqueísmo se impone: conmigo o sin ti. La situación se encuentra emponzoñada con el fin de obtener mezquinos réditos a corto plazo.

Para el régimen el problema sociopolítico se resuelve con testosterona, mucha represión, poco cerebro y una corte de fieles que bailan “el comandante se queda”.

Para Ortega-Murillo, cualquier otra opción es ceder al “golpe de estado”, oxigenar al movimiento social y traicionar los valores patrios. Buscan la derrota, el exterminio, la aniquilación de los movimientos sociales, para que no vuelvan a levantarse.

Se ha militarizado las ciudades con los paraestatales y la policía. El resultado inmediato es: la presencia de fuerzas de choques en las calles de las ciudades y en las zonas rurales con los paramilitares armados.

Vista la ausencia de diálogo, la calle sustituye la política. La población sigue dispuesta a salir a la calle, a mostrar su descontento, a negar la legitimidad de los juicios contra los presos políticos, etcétera. Los líderes sociales buscan la manera de articular un nuevo tsunami democrático.

Convocar una huelga general, paralizar las ciudades y afianzar el credo democrático, son los objetivos de los autoconvocados. Mientras tanto, el régimen sube la densidad testicular. Con estas entendederas, el diálogo está suspendido indefinidamente. Lo único que prospera es la visión represiva del régimen.

El Juego de Tronos explica la teoría de la acción racional que los actores políticos tradicionales y los voceros de la clase empresarial siempre actúan maximizando su utilidad y sus intereses. Los dirigentes de los poderes fácticos se han echado en manos del pasado y quieren cortocircuitar el futuro.

Los partidos tradicionales prefieren buscar un espacio electoral participando en unas elecciones no transparentes y machacando cualquier posibilidad de salida democrática no controlada por sus representantes.

En las negociaciones, debajo y encima de la mesa, de los representantes de los poderes fácticos y el gobierno se han establecido dos estrategias que se implementan al unísono y de manera combinada.

La estrategia de la gradualidad. Para hacer que se acepte una medida que era inaceptable, al inicio de la rebelión de abril, y que 19 meses después, se presenta de manera escalonada, a cuentagotas. Se han ido creando las condiciones sociopolíticas radicalmente diferentes a las primeras demandas de abril, poniendo en un segundo o tercer plano: justicia, libertad, democracia.

Al mismo tiempo, se aplica la estrategia de diferir. Otra manera de hacer aceptar una decisión impopular es presentarla como “dolorosa, necesaria, ineludible y futura”, para ir obteniendo la aceptación de la opinión públic

Es más fácil aceptar un posible hecho futuro que un hecho inmediato que pueda producir un “shock” social. Primero, porque el hecho no es inmediato. El público, la población en general, tiene la tendencia a esperar ingenuamente que mañana “todo irá mejor”.

Esto da más tiempo al público para acostumbrarse a la idea de una elección, con el dictador en poder, es mejor que el deterioro económico y aceptarla con resignación cuando llegue el momento de conocer el pacto establecido, como el mal menor.

Romper esa dinámica política en marcha, supone voluntad política. Justamente de lo que se carece en los representantes de los poderes fácticos y del régimen Ortega-Murillo en las negociaciones en curso.

Para los defensores del régimen Ortega-Murillo y las organizaciones paramilitares, se vive en un inexistente Estado soberano e independiente, al cual hay que defender y ampliar sus bases.

La salida no está en criminalizar la protesta social y a los partidarios de un cambio. Es necesario dar espacio a la política, con mayúsculas. ¿Pero está el régimen en condición de asumir el reto?

La ausencia de negociaciones y el Informe de la OEA, crean condiciones para nuevas sanciones al régimen. Un efecto de las posibles sanciones puede producir para el régimen es un cambio desfavorable en la correlación de fuerzas al interior del país de cara al 2020.

La estrecha relación comercial y financiera entre Nicaragua y EEUU, expone al país a posibles choques negativos externos en la hipótesis de que nuevas sanciones sean aprobadas.

Para los inversionistas, los efectos de las malas noticias, amplifican y repercuten negativamente en las inversiones futuras. Existen razones objetivas para proyectar expectativas negativas.

Por el momento, la mediocridad se ha convertido en norma, salvo excepciones. Discrepar, ejercer el derecho de manifestarse, forma parte de las luchas democráticas por abrir espacios de representación, pero deben acompañarse de negociación. Ello supone voluntad política. Justamente lo que falta.

No es una cuestión de testosterona, ni declaraciones pomposas. Ningún conflicto se soluciona descalificando a los interlocutores. La crisis requiere inventiva, tender puentes, altura de miras, sentarse y dialogar para buscar consensos.

El movimiento feminista se ha venido convirtiendo en un nuevo agente político a considerar y fundamental en la perspectiva de la unidad por un cambio democrático.

Hay que tener claro que, a diferencia de la física, en la política los diferentes paradigmas continúan existiendo de manera conflictiva. No se apoya la lucha contra la dictadura censurando a otras fuerzas políticas.

La lógica del régimen ha sido: dinamitar puentes, lo que conlleva patear el tablero de la negociación. Esto sólo puede entenderse bajo la máxima de: cuanto peor, mejor; o sea, el todo o nada.

El régimen está decidido a no ceder nada. Se han preparado para asestar fuertes y contundentes golpes a los movimientos sociales. No se ha organizado militarmente para inflar chimbombas.

Nicaragua, se merece una oportunidad para construir la democracia, implementar la justicia, gozar de los derechos humanos y disminuir las desigualdades.


San José/Costa Rica, 30 de octubre de 2019.