El reto del nuevo liderazgo

La renovación constante, el cambio, la evolución son fenómenos permanentes tanto en la naturaleza como en toda la sociedad. Los que niegan el cambio y la renovación están irremediablemente condenados a la decadencia y al deterioro. Se estacan, se quedan atrapados en el pasado, se resisten al cambio y, finalmente, colapsan o desaparecen.

Hemos conocidos de políticos progresistas se transmutaron en político tradicional y corruptos. Encuentra el camino más fácil para justificar su transfiguración, el pragmatismo.

En nombre del pragmatismo establecen alianzas espurias, negociaciones indecentes, abrazos inesperados, reconciliaciones insospechadas, conciliábulos escandalosos y acuerdos inadmisibles.

Hay personas que cambian al revés, en lugar de hacerlo para avanzar, lo hacen para retroceder, pero siempre cambian. No tienen alternativas, aunque no siempre lo saben.

El cambio social nunca ha sido un proceso fácil y tranquilo. Como suele suceder, son procesos que encuentran a su paso la inevitable resistencia y hasta el rechazo de aquellos que se niegan a abandonar el teatro de la política nacional.

Las protestas de los estudiantes, la huelga de hambre de las madres de los presos políticos, los piquetes exprés y las sanciones políticas internacionales anunciadas para el final de noviembre, parecen ser el preámbulo de una nueva energía social y política.

El hartazgo que genera el gobierno autoritario, las torturas, las ejecuciones sumarias, la continuación de la corrupción, las políticas de terror y el rechazo a una nueva dictadura familiar; la lucha ciudadana sigue inclaudicable. Es una protesta contra las elites.

El gobierno apuesta a que la fuerza social y política en ascenso, se vaya diluyendo entre discusiones torpes, protagonismos presuntuosos, la provocación inducida, la represión selectiva y la vocación suicida a la fragmentación y al divisionismo impregnado en la cultura política de los viejos liderazgos y de las elites.

En este proceso de construcción de una alternativa democrática y progresista habrá sus altos y bajas, pero no hay que sucumbir al pesimismo ni a los arreglos debajo de la mesa, que inevitablemente desemboca en derrotismo y frustración.

No hay que olvidar que el régimen Ortega-Murillo sufrió una derrota estratégica con la rebelión de abril 2018. Prolonga su estadía en el poder sustentado en la represión y el terror, pero su caída será más temprano que tarde.

Un día no muy lejano podremos comprobar que ha llegado el turno de los nuevos liderazgos, surgidos a partir de los movimientos sociales y de las protestas, asuman el rumbo democrático de nuestro país.

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