Enrique Sáenz: Hablemos pues de la independencia de Nicaragua

Una de las fechas emblemáticas en nuestro calendario es el 15 de septiembre, día en que se conmemora la independencia de Centroamérica de la monarquía española. En Nicaragua, usualmente es también día de redobles de tambores, escolares engalanados, pies sufrientes a causa de zapatos recién estrenados, corbatas asfixiantes bajo nuestro ardiente sol tropical, sonar de clarines, fatiga, sudor y pasos marciales y las cada vez más coloridas y siempre seductoras gimnasias rítmicas.

Este 15 de septiembre cumplimos 199 años como país independiente. Dentro de un año, en septiembre del 2021, cumpliremos doscientos años. Dos siglos. Es una oportunidad propicia para desarrollar una reflexión profunda sobre nuestro nacimiento como país independiente, sobre nuestra trayectoria histórica, nuestros conflictos, tropiezos, retrocesos y adelantos y, particularmente, sobre nuestro futuro. De dónde venimos, dónde estamos y para dónde vamos.

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El punto de partida de toda reflexión debe ser el conocimiento de nuestra historia. Todos celebramos el 15 de septiembre como aniversario de la independencia y destacamos como próceres a los firmantes del Acta de Independencia, documento que efectivamente se suscribió en esa fecha, en la ciudad de Guatemala. También se acepta que la independencia fue un hecho pacífico.

Pero hubo gente que murió en la lucha por alcanzar esa independencia. Y después, por defenderla.

Por encima de las verdades oficiales es importante puntualizar dos hechos que no son muy conocidos aunque sí son de mucha significación. Primero, que no es cierto que la independencia fue resultado de un proceso pacífico. La suscripción del acta, tal vez lo fue, pero la independencia, no. Segundo, que sobre los ¨próceres¨ puede afirmarse que ni son todos los que se celebran, ni se celebran todos los que son.

Evoquemos dos acontecimientos. Diez años antes de que se suscribiera el Acta de Independencia, se produjeron levantamientos populares en León, Granada y Rivas que tenían el propósito de declarar la independencia. El desenlace de estos episodios se encuentra en la raíz de buena parte de los episodios trágicos que le tocó padecer posteriormente a los habitantes de la naciente república de Nicaragua. Los protagonistas de esos episodios, algunos verdaderos próceres, fueron derrotados y, como suele ocurrir, fueron desterrados de la memoria y desaparecidos por la historia oficial. La historia oficial no los reconoce como próceres.

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En Diciembre de 1811 el pueblo de León se alzó en contra de las autoridades españolas, reclamando en particular la destitución del intendente colonial, José Salvador, al igual que otras demandas como rebaja de impuestos y abolición de la esclavitud.

El Obispo de León, Nicolás García Jerez, utilizando su poder religioso y también sus poderes terrenales tuvo la habilidad para encabezar la operación que permitió, junto a otros defensores del régimen colonial, sofocar y desmantelar el primigenio movimiento independentista.

El obispo envió una carta secreta al máximo representante de la corona española, Capitán General, José Bustamante, que residía en Guatemala, dando cuenta de la naturaleza del levantamiento de los leoneses. La carta del obispo dice: ¨Desde el principio se pensó en una absoluta independencia y en formar una especie de república en toda la provincia…¨. En otras palabras, el obispo declara que no se trataba de desórdenes por asuntos puntuales sino que se perseguía un objetivo de mayor alcance: declarar la independencia. Eso fue desde 1811. Diez años después, en 1821, se firmaría el Acta de la Independencia.

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El Obispo, una vez sofocado el levantamiento, escribió: ¨…y si he hecho alguna cosa, a costa de mi salud y honor, ha sido impedir que se aclame la independencia, se derrame la sangre de los europeos y se les disipen todos sus proyectos de erigirse en soberanos¨.

Según el obispo, naufragaron las aspiraciones republicanas pero en la nebulosa de la historia quedan flotando algunas interrogantes, por ejemplo, qué ocurrió con los vencidos una vez que capitularon. Son episodios de nuestra historia que están igual que aquellos precursores de la independencia: enterrados.

Vale anotar que uno de los instigadores del levantamiento fue el fraile Mercedario, Benito Miguelena. Había pues religiosos defensores de la corona española y religiosos promotores de la independencia.

El segundo acontecimiento se produjo en Granada; en este caso el levantamiento fue más prolongado y violento. Se extendió desde diciembre de 1811 hasta abril de 1812. Comenzaron por destituir a las autoridades españolas y a los criollos españolistas, pero además se adoptaron un conjunto de decisiones que incluyeron: abolición de la esclavitud; disminución de tributos a los indígenas; supresión de los repartimientos de indios; libertad de comercio por el gran lago y el Río San Juan.

Dado que la sublevación de Granada tuvo un desenlace más dramático, que explica en buena medida la historia de confrontación en que nuestra naciente república se sumergió por décadas, completaremos el relato en nuestra próximo artículo.

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Por hoy lo que nos interesa resaltar es que tanto en León como en Granada se produjeron levantamientos desde el año 1811, diez años antes de la firma del acta de independencia. La independencia estuvo precedida de luchas, de luchadores y luchadoras, porque también hubo mujeres. Fueron derrotados y por eso ignorados por la historia oficial que, como suele ocurrir, es escrita por los vencedores.

Tenemos próceres, luchadores por la libertad desde aquellas épocas, ignorados por los relatos oficiales y que por justicia histórica debemos rescatar.

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