Las últimas voces que pueden contar Auschwitz, el mayor horror de la humanidad

Hace 75 años el Ejército Rojo liberó

Tres cuartos de siglo después de la liberación de Auschwitz, un campo situado en Polonia entonces bajo ocupación alemana, los últimos sobrevivientes viven, pese a su avanzada edad, con la marca física y mental de su número de prisionero tatuado en el antebrazo izquierdo. Con los años, la tinta ha ido perdiendo color, la piel está arrugada, los tatuajes se camuflan entre los pliegues del tiempo, al igual que la memoria colectiva del Holocausto del que son los últimos testigos, los últimos sobrevivientes, las últimas voces de un infierno que pone en duda alguna retórica antisemita.

Algunos incluso han aprendido su historia de memoria para convertirse en la memoria viva, multiplicando las conferencias y los viajes a los lugares del genocidio. Presione el “play” y le recitarán sin inmutarse la historia del Holocausto con todo detalle, su propia historia.

Saul Oren, que ha vivido sin una foto de su madre asesinada y de cuyo rostro trata todavía de recordar en los cuadros que pinta en su casa, habla de su sufrimiento, del hambre, con atroz claridad. “Nadie puede imaginarse cuán duro era el hambre en Auschwitz. Nos daban, por ejemplo, una sopa. Una sopa que era agua con algunos trozos de papa que flotaban en ese líquido. Era la sopa para todo el día. O nos daban una pequeña papa o nos daban un trocito de pan. No nos comíamos todo el pan porque lo queríamos guardar para después porque a lo mejor no podíamos soportar el hambre”, dice este hombre enjuto de 90 años.

También vivió el hambre en la “marcha de la muerte”, cuando, con la llegada de los aliados, los nazis forzaban a los prisioneros de los campos de concentración como Auschwitz a caminar en pleno invierno para llevarlos a Alemania y a Austria. “Caminamos 12 días, prácticamente sin comer... nos paramos en un bosque, encontramos un caballo muerto, todos nos precipitamos sobre el animal. Cada uno tomó un pedazo”, recuerda Oren.

 

Daniel Hanoch, un judío procedente de Lituania, recuerda haber caminado días y días con un frío polar, y rascaba el suelo con la esperanza de llegar a la hierba helada bajo la nieve para comer algo. Todavía recuerda las imágenes de supervivientes que comían, dice, la carne de prisioneros asesinados por los alemanes. “La gente no podía soportar el hambre, y recuperaron carne humana y la cocieron. Y sabíamos que se trataba de una línea roja: no comer humanos y no robar el pan de los camaradas”, cuenta Hanoch, que también pasó por los campos de Mauthausen y Gunskirchen, donde fue liberado.

Elegante, enérgica, ferozmente independiente, Batsheva Dagan solo pensaba en una cosa cuando escapó a la muerte: “Vivir para contarlo”. Casi con 95 años, esta mujer que trabajó en el corazón del campo de Birkenau, el “Kanada”, depósito de las pilas de zapatos y objetos confiscados a los detenidos, y tenía que quemar las maletas de los judíos que llegaban al campo, escribe libros para niños sobre el Holocausto.

"Estuve allí 20 meses en total; 600 días con sus noches", repite. "Calcula las horas y los segundos, pensando que en cada segundo existe el miedo a morir. ¿Te das cuenta de lo que quiere decir vivir cada instante con la amenaza de que este momento es el último?".

¿Cómo enseñar todo esto a los jóvenes? “Trato de hacer de mi experiencia en el campo algo positivo para los niños, educativo. No cuento solo el horror del Holocausto, sino también las cosas maravillosas, como la ayuda, el apoyo mutuo, la capacidad de compartir un pedazo de pan, la amistad... Seguimos siendo seres humanos”, dice. “Estoy viva... He sufrido pero he vencido”.

Los sobrevivientes cuentan aquí su “victoria” en poemas, en sus memorias, pero sobre todo en cada día que viven, cada vez que sus hijos pasan a hacerles una visita, que sus nietos consiguen un logro en la vida, cada vez que su mirada se posa en las fotos de familia, allí donde los retratos de los padres asesinados están cerca de los de los hijos de los que sobrevivieron.

Con información de AFP

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