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EN RIESGO LITTLE CORN ISLAND

Hace varios años, en el paraíso de Nicaragua apareció un tubo misterioso. En una playa de Little Corn Island un isleño encontró un enorme caño de color negro, de unos 500 metros de largo y de un material robusto. Poco tiempo después, varios hombres que se dedicaban a la pesca de langosta empezaron a cortar pedazos del hallazgo valioso para construir jaulas de pesca. Pero el corte del tubo produjo mucho aserrín, que cayó a las aguas turquesas alrededor de la isla caribeña y las tiñó de color negro. La contaminación por estos residuos --que ahora se sabe eran de plástico-- empezó a preocupar a la gente y al gobierno comunal de Little Corn Island. Así decidieron que debían tomar medidas para resolver el problema. Hoy se puede decir que el tubo misterioso marca el inicio de varias iniciativas en la isla para salvar el medio ambiente y preservar las riquezas naturales que abarca este destino turístico con fama mundial. Y aunque no parezca a primera vista, los habitantes de la isla, que tiene una extensión de tan solo tres kilómetros cuadrados, están enfrentando varios retos. Siempre están vinculados al crecimiento del turismo y de la población. EL SUAMPO SECO La escasez de agua potable es actualmente una de las preocupaciones más graves y, al mismo tiempo, es un hecho de una pintura irónica: se le ofrece al turista extranjero y nacional todas las delicias del mundo, por ejemplo, ensalada con aceite de oliva y balsámico de Italia, mientras las tuberías de las casas comunitarias están por secarse. La “isleta”, como los locales suelen llamar a su bella tierra, está ubicada a unas 45 millas frente a la costa Caribe de Nicaragua y, lógicamente, está rodeada de agua salada. La principal fuente de agua potable para los 855 habitantes es un suampo (ciénaga) con una extensión de 17 hectáreas en el medio de la isla. Esta fuente también nutre los pozos de los hoteles, donde en la temporada alta hasta 400 turistas pasan sus vacaciones. Este humedal es crucial para la vida en Little Corn Island; sin embargo, estuvo a punto de secarse hace dos años. El coordinador del gobierno comunal de Little Corn Island, Winston Downs, se acuerda: “Cuando yo tenía ocho años, no podía cruzar la isla caminando de un lado a otro. Tuve que nadar porque todo era suampo. Hace dos años, durante los meses de marzo y abril, uno atravesaba la isla sin mojarse los zapatos. Lo único que faltaba era que las venas secas jalaran el agua salada”. Por suerte, los isleños lograron evitar la catástrofe a última hora, con el apoyo del Programa de Pequeñas Donaciones (PPD), una iniciativa medioambiental de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), y financiamiento del Fondo para el Medio Ambiente Mundial (GEF, por su sigla en inglés). La coordinadora nacional del PPD, Lilliam Jarquín, explica: “Llegamos a la isla a causa del tubo misterioso, porque el gobierno comunal nos pidió ayuda. Allí vimos que esto era solo un caso particular y que en la isla estaba todo el tema de la contaminación y la pérdida de recursos naturales”. Y poco después, bajo la coordinación del gobierno comunal, los comunitarios de Little Corn Island se organizaron y empezaron a limpiar el humedal. Sacaron la maleza que lo invadió y que absorbía una gran cantidad de agua. También libraron la cuenca del sedimento que se acumulaba. El objetivo del proyecto, que todavía no ha terminado, es recuperar más de 3 millones de litros de agua cada año. Ahora que ya reaparece el agua entre los mangles, regresan también varios animales que huyeron por falta de alimentación. Winston Downs asegura: “Ahora vuelven las garzas, las tortugas y también las iguanas, que casi ya no las tuvimos”. TRABAJOS PENDIENTES Pero todavía queda mucho trabajo, afirma Lilliam Jarquín, del PPD. Según ella, con los recursos financieros del proyecto, se pueden limpiar solo dos o tres hectáreas de las 17 que tiene el suampo. “Como lo dice el nombre, el Programa de Pequeñas Donaciones maneja fondos pequeños. Para la recuperación de los humedales en esta isla, tenemos un presupuesto de 21,000 dólares. Nuestro objetivo es que mucha gente se involucre al trabajo y que ellos sigan limpiando cada año. Nosotros solo ayudamos a que ellos mismos puedan solucionar el problema”, explica. Asimismo, dice que todavía no hay suficiente gente participando, pero que cada vez son más personas las que se empeñan porque ven un objetivo común. Jarquín añade: “A pesar de ser un lugar pequeño, hay todavía habitantes que no saben de la problemática o que no quieren involucrarse. Estos proyectos significan siempre un cambio de cultura y demandan un proceso paulatino de sensibilización”. ¿ADÓNDE LLEVAR LA BASURA? Al contrario del problema del agua potable, las soluciones de otros desafíos están todavía en su infancia, confirma Winston Downs. Un tema de mucho peso es la basura. “Comenzamos a separar la basura en la isla, pero las botellas de plástico siguen siendo un problema”, aclara. Los residuos sólidos se colectan y se depositan en un lugar en la isla donde un monte crece sin fin. Existen iniciativas voluntarias de algunos negocios y también un proyecto que se llama Gestión Integral y Sostenible de Residuos Sólidos en la Región Autónoma del Atlántico Sur de Nicaragua, Gisres. Este proyecto también lo ejecuta el PNUD y es financiado por el Fondo Multilateral de Inversiones, Fomin, del Banco Interamericano de Desarrollo, BID. El objetivo es mejorar el manejo de la basura en las alcaldías de Corn Island, Bluefields y El Rama. Sin embargo, según Downs, los planes de sacar toda la basura de la isla y llevarla al continente todavía no se han concretado. Hasta hoy solo cuatro restaurantes y hoteles no usan las botellas plásticas. Uno es el ecolodge Beach & Bungalow, del norteamericano Scott Smith. “La basura es un problema grande en la isla. Nosotros tratamos de hacer todo lo posible para minimizar el impacto negativo de nuestros huéspedes”, asevera. Por eso, Smith no vende botellas de plástico, pero purifica el agua y ofrece a los turistas rellenar sus botellas. Además, los residuos del hotel se transportan cada sábado por barco a tierras continentales del Caribe nicaragüense, en vez de depositarlos en el monte de basura en la isla. Scott añade que se colecta el agua de lluvia en un pozo para que después sea utilizada en los baños de las cabañas. Según el norteamericano, el reto más grande es despertar consciencia. “Y eso, tanto de la gente local como de los turistas”, recalca. “El turista piensa que hay abundante agua en la isla y no se da cuenta de que casi cada día muchas casas de la comunidad se quedan sin agua, porque no tienen una reserva como nosotros”, manifiesta Scott. Y sigue diciendo que algunos turistas hasta se quejan de que en su hotel haya una manera muy agresiva de educar a la gente. Por ejemplo, cuando se les pide ahorrar agua para ducharse. De acuerdo a Downs, del gobierno comunal, también la sensibilización de los isleños sigue siendo una tarea. Él observa que “el cuido del medio ambiente por parte de los mayores es mucho más grande que el de los menores de edad. Son difíciles de controlar y no permiten que los adultos les digan cómo tienen que comportarse”. “Por eso vamos con los jóvenes a limpiar el suampo y la playa, para que aprendan que es importante cuidar los recursos que tenemos”, revela. Un paso decisivo para reducir la cantidad de residuos sólidos en la isla fue cuando dejaron de usarse bolsas de plástico en los negocios. La resolución, que entró en vigor este febrero, se aplica por etapas. Por ahora, los negocios son obligados a vender las bolsas a un precio de entre 5 a 10 córdobas. La meta es que para finales de este año ningún negocio venda más bolsas. EL PROBLEMA DE LA ENERGÍA Después del agua y la basura, existe el tema de la energía. “Nuestra energía viene de una planta, se produce a base de diesel”, asevera Downs y dice que pagan el precio más alto en toda Nicaragua. Por eso, en la isla hay luz solo durante 15 horas al día. Los habitantes no podrían pagar las 24 horas. “Para una casa con dos o tres bujías y un televisor, la energía cuesta 500 córdobas al mes”, realza Downs. El coordinador del gobierno comunal concluye: “Con todos los retos que tenemos, sabemos que la sobrepoblación nos puede afectar más. Si no controlamos el número de gente, no vamos a tener agua ni energía, sino solo montes de basura”. Por eso, la autoridad comunal tomó varias medidas para controlar la población y con eso garantizar un turismo sostenible en Little Corn Island. Por ejemplo, es prohibido traer a cualquier persona de afuera para trabajar en un negocio, primero se contratan a los nativos. Y hasta finales del año 2016, no será permitido a ningún extranjero abrir un nuevo negocio. “El turismo que infla es algo que no queremos. Eso solo exprime la naranja y queda la basura”, matiza Downs cuando describe el equilibrio sensible en su tierra. “Cuando alguien me pregunta si hemos pasado el límite (contesto) sí, lo hemos pasado. Un estudio del año 1982 dice que el manto acuífero no alcanza para más de 300 personas en Little Corn Island. Ahora tenemos más de 800”, lamenta. Por su parte, Simon McCrew tiene una pulpería y se preocupa por el futuro del paraíso del Caribe. Para él, sería importante que la isla no solo dependa del turismo. “Pero esto ya es muy difícil”, añade. Critica que lo único que interesa en la isla sea el turismo y opina que “se debe hacer algo para implementar otras fuentes de trabajo. Solo con el turismo no vamos a tener desarrollo”. Según McCrew, mucha gente que no tiene trabajo solo espera los días sábado para que llegue el carguero con alimentos y otros bienes. Como cargadores, los isleños distribuyen los productos en los diferentes lugares de la isla. “Antes la pesca era buena, ahora casi no hay langostas y por eso el mar ya no da trabajo”, asegura McCrew, que en su fisonomía la seriedad toma relevancia. Él está convencido de que se apoya demasiado a los negocios de los extranjeros y que falta un control de las condiciones de trabajo en sus establecimientos. “Pero parece que los extranjeros pagan a la gente del gobierno y todo queda debajo de la carpeta”, concluye McCrew. De todos modos, él ve también la otra cara del turismo: “Yo sé que los hoteles son una fuente de trabajo para la mayoría de aquí”. EL RETO DEL TURISMO SOSTENIBLE Para que la gente local se beneficie más del turismo, el gobierno comunal pide que ellos mejoren sus negocios. El objetivo es que los nativos puedan brindar servicios mejores a precios más altos y así competir con los negocios de los extranjeros. “Está claro”, dice Downs, “que para eso se necesitan avales para la gente local”. En ese sentido, lamenta que en la isla no exista un banco que pueda proveer préstamos. En total, la meta es que el turismo en la isleta se desarrolle aún más y al mismo tiempo sea sostenible. A Scott Smith, del hotel Beach & Bungalow, le gusta la idea porque los mochileros son los turistas que hacen más daño: “Los turistas que tienen un presupuesto bajo y se alojan en los hostales más baratos, muchas veces no se preocupan por el medio ambiente”. Scott dice que el mochilero gasta en promedio 40 dólares al día cuando viaja por Nicaragua, mientras que el huésped de su hotel gasta 200 dólares. ¿Qué quiere decir Scott con eso? “Tienen que llegar a la isla por lo menos 5 mochileros para que dejen el monto de dinero que deja un solo turista en nuestro hotel ecológico. Aquí, no todo tipo de turista causa el mismo impacto”, asegura. Los restos del tubo misterioso todavía se encuentran en la isleta. Caminando por el sendero del muelle hacia el sur, pasando los restaurantes y bares, se observa que los pescadores hoy utilizan el tubo como rampa de carga. Al final, se ha encontrado una forma más sostenible de reciclar este hallazgo de plástico. END

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