Despacho 505 elige a Amaya Coppens como personaje del año

Amaya Coppens no tiene ni un segundo de haber llegado a su casa en Estelí, tras su liberación este 30 de diciembre, cuando arropa el pabellón nacional invertido como muestra de protesta y resistencia contra la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo. Su hermano Diego está sentado en la acera de su casa, firmando el documento de aceptación de medida cautelar, flanqueado por dos agentes de la Policía Orteguista, mientras ella se pasea y se suma al grito que sale desde el interior de su vivienda: “¡De que se van, se van! ¡Viva Nicaragua libre! ¿Cuál es la ruta!”, claman sus familiares. Minutos después, en su primera entrevista, con la misma bandera azul y blanco, tras permanecer 46 días en las cárceles del nuevo Chipote, en Managua, narra el calvario del encarcelamiento y no duda en dejar claro que seguirá luchando por la libertad de Nicaragua. “Vamos a seguir hasta que seamos libres”, dice en tono pausado, pero firme. Amaya ha despertado por segunda vez de la pesadilla del encarcelamiento.

A esta estudiante de medicina de 24 años, la dictadura la encarceló por segunda vez el pasado 14 de noviembre cuando llegó a la iglesia San Miguel, en Masaya, a solidarizarse con las madres de los presos políticos que mantenían una huelga de hambre como medida de protesta y presión para que sus hijos fuesen liberados. Junto a otros 15 jóvenes, entre ellos dirigentes de la Unidad Nacional Azul y Blanco (UNAB), partió en caravana desde Managua con botellas con agua para las mujeres que se mantenían ahí, acompañadas por el sacerdote Edwin Román.

A su llegada, el régimen tenía sitiado el templo con una batería de policías, que impidieron que entraran e incautándoles el agua embotellada. Pasadas las 10 de la noche, fueron apresados y llevados a la delegación de Masaya. Luego, los trasladaron a El Chipote, a la nuevas celdas de la Dirección de Auxilio Judicial en Managua, donde los torturaron sicológicamente. Al día siguiente la Fiscalía los acusó de portación ilegal de armas. De ahí en adelante, Amaya y los demás presos pidieron a los medios que se les llamara como la banda de “Los aguadores”. Así, cinco meses después de su liberación, el 11 de junio de 2019, revivió el horror de la prisión por oponerse al régimen.

 

La joven, de pelo crespo y sonrisa tímida, y todos los presos políticos han logrado crear un cambio de actitud en la sociedad nicaragüense, que también exige cambios en un país marcado por la corrupción en el Estado, complicidad de los partidos políticos con la dictadura y constantes violaciones a los derechos humanos. Amaya desde la cárcel, los foros y las calles ha llamado a la solidaridad y a la resistencia, y si bien pudo irse al exilio y vivir con tranquilidad en Bélgica, de donde también es ciudadana, prefirió seguir en Nicaragua, plantando cara al régimen e insistiendo que el país debe sí o sí sacar del poder a la familia Ortega – Murillo para que de una vez por todas los nicaragüenses empiecen a construir una nación democrática, en la que se respeten los derechos individuales.

Amaya, además, se ha convertido en un símbolo de la resistencia juvenil. Es el reflejo de miles de jóvenes nietos de la revolución, que se alzaron contra la dictadura en abril de 2018, inconformes con un gobierno autoritario y corrupto liderado por Rosario Murillo y Daniel Ortega. Hay que decir que no es la única joven que se opone a la dictadura, los hay más, incluso otros mediáticos como Nahiroby Olivas, Victoria Obando y Byron Estrada, pero ella en particular ha mostrado un tenaz coraje para retar a las hordas represoras, a todo riesgo, hasta convertirse en lideresa de una generación que se consideraba apática con la política criolla y a los principales problemas del país.

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“Ella encarna los más nobles ideales de los jóvenes en Nicaragua, por expresarlos ha sufrido encarcelamiento injusto en dos ocasiones. Lamentablemente es una joven que con un buen record académico fue expulsada de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN- León) por ser muy elocuente y crítica hacia las autoridades de dichas universidades y más aún en contra del mal mandato de Ortega”, dice Carlos Tünnermann, exrector de la UNAN-León y una de las voces académica más respetadas del país.

Tünnermann comenta que la líder estudiantil representa las demandas de los jóvenes: tener un país en democracia, justicia y libertad, y en el que se respeten los derechos humanos. “Ella merece el reconocimiento de todos los nicaragüenses por el empeño y constancia de querer ver una Nicaragua libre”, valora Tünnermann, miembro de la Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia.

Amaya Coppens nació en Bélgica el 31 de octubre de 1994, pero desde los cinco meses empezó una vida en la norteña ciudad de Estelí. Es hija de la nicaragüense Tamara Zamora y del belga Frédéric Coppens, quienes se desencantaron de la Revolución por la descomposición social del Frente Sandinista, el partido de Daniel Ortega. Es la niña de la sonrisa eterna, pero que no titubeaba en expresar su inconformidad si algo no le parecía. “Era contenta, pero a la vez arrecha”, recuerda su madre, vía telefónica desde Managua.

“Todo el tiempo mostró decididamente su carácter. Desde chiquita, además de ser tranquila y sonriente, fue firme, cuando no le gustaba algo, lo decía”, agrega la señora que también es un ícono de la resistencia en Nicaragua. Amaya en Estelí tuvo un acercamiento con organizaciones sociales que, según su familia, fue formando su conciencia ecológica y feminista. Sus padres, incluso, la educaron para que no viera solo en blanco y negro, sino los matices.

“Fue crítica de la politización de las escuelas, en todo sentido, ya al final en su secundaria, y eso le valió mucho para tener una posición frente a la sociedad y los movimiento sociales”, cuenta Zamora. “Influyó el espíritu revolucionario de nosotros, teníamos una posición política clara, creíamos en la revolución”, considera.

El papá de Amaya en 1987 dejó Bruselas para viajar a Nicaragua que para entonces aún vivía los años de la Revolución sandinista.

“Todo está relacionado con todo, hemos sido críticos, con respecto al Frente y la corrupción en particular, hay una influencia en la Amaya y en toda la juventud que se ha levantado, es como los padres desilusionados por la Revolución y de alguna manera nuestros hijos, también, están viendo la parte más cruda de la corrupción. Tiene que ver con su posición crítica como joven en lo que le ha tocado vivir”, reflexiona Zamora.

Esa conciencia crítica caló tanto en Amaya que en abril de 2018 se sumó a centenas de estudiantes que respaldaron a miles de pensionados afectados por una reforma al sistema de Seguridad Social que implementó Daniel Ortega. Esa protesta cívica fue atacada con fuego, dejando un saldo de 328 muertos. Desde entonces, desde aquel abril, Nicaragua vive su peor crisis política en tiempos de paz. Por la crueldad del régimen, el Presidente ha sido acusado de cometer crímenes de lesa humanidad.

“He crecido en una familia muy crítica de la situación política de Nicaragua, y en ese aspecto nunca hemos sido fiel a un partido. Este Gobierno ha venido poniendo una cosa tras otra que de repente te desespera. El punto donde dije que ya no podía seguir normal, que no podía seguir estudiando tranquilamente, fue cuando en León obligaron a los chavalos que estaban en los internados hacer contraprotesta violenta contra las personas de la tercera edad, eso fue descarado”, contó Amaya en junio pasado, a pocos días de ser liberada bajo una polémica Ley de Amnistía, aprobada por los diputados de Ortega.

Las protestas ciudadanas por la derogación de la reforma a la Seguridad Social a los pocos días se convirtió una petición generalizada de libertad, justicia y democracia. Todos los sectores sociales del país coincidieron en que Ortega debía dejar el poder y convocar a nuevas elecciones, con un nuevo Consejo Supremo Electoral y con la observación internacional. Aunque no ocurrió, los nicaragüenses paralizaron el país por cuatro meses hasta que se desató la sangrienta Operación Limpieza. Desde abril hasta septiembre de 2018, Amaya lideró el Movimiento Estudiantil 19 de Abril UNAN-León.

El 25 de agosto de 2018, Amaya Coppens, vestida de camisa morada y turbante verde en la cabeza, retó la represión orteguista al salir a las calles de León a protestar. La joven se contoneaba al ritmo de la consigna “Que se rinda tu madre”, mientras estudiantes y demás pobladores de la ciudad universitaria le seguían, con banderas azul y blanco. “Que se rinda…”, gritaban unos, “...tu madre”, respondían otros. Entre el sonido de cacerolas, la voz de Amaya destacaba: “Y tu abuela, también”. Esa fue una de las últimas manifestaciones a las que asistió la lideresa.

“Lo que queremos es que se cumpla la Ley. El miedo ya lo dejamos hace buen rato”, dijo entonces, en un vídeo que sus compañeros le grabaron al tiempo que caminaba por la ciudad, sonriendo y con el ímpetu juvenil contra la dictadura. Once días después, Amaya fue secuestrada por paramilitares leales al régimen y entregada a la Policía. Luego fue presentada como líder de un grupo terrorista. En la imagen que el órgano represor difundió se vio a una Amaya sonriente y fuerte, incapaz de claudicar a los ideales de la espontánea Rebelión de Abril. Ella se convirtió en la tercer líder estudiantil capturada en 2018.

Amaya pasó su segunda Navidad consecutiva bajo la penumbra de una cárcel. En 2018 fue en el penitenciario para mujeres La Esperanza, Tipitapa, y en 2019 en las celdas de El Chipote, Managua. Su mamá estuvo ambos días asistiéndola por brevísimo tiempo y pese al golpe fuerte que significa pasar una fecha como esta ahí, en el aislamiento, la joven mandó a su familia y al país un mensaje de resistencia, fortaleza y unidad.

La última Navidad que pasó con su familia fue en 2017, en Estelí, rodeada de hermanos, padres y abuelos maternos que viajaron desde Chinandega. Como la familia no es ducha en preparar el tradicional pollo relleno, su mamá optó por cocinar una Caballo bayo. “Las navidades han sido así, una oportunidad para encontrarnos, comer algo, platicar, contar y llegar a la medianoche, y estar reunidos”, comenta entre lágrimas su madre.

“Las detenciones de la Amaya han sido un calvario, pero por otro lado, la Amaya es increíble, porque desde adentro (en la cárcel) manda fortaleza, que estemos unidos, que no nos preocupemos. Eso nos mantiene firmes, nos hacer estar firmes, y tenemos que seguir, no podemos estar sólo lamentándonos, tenemos que actuar y seguir su lucha y la de todos los nicaragüenses, que es salir de la dictadura”, cuenta su mamá , un día antes que su hija fuese excarcelada por la dictadura.

La fortaleza de Amaya impresiona. Siempre se le ve con una apariencia de calma y pocas veces llora, y cuando lo hace no tarda en sonreír. Durante su primer encarcelamiento, de 245 días bajo condiciones inhumanas, sufrió torturas, golpes y aislamiento por parte de las custodias de La Esperanza. Ahí también se volvió hipertensa. “Nos exigían que hiciéramos sentadillas. Incluso el día de la visita en Navidad, nos desnudaron a todas para ahorrar tiempo. Como mujeres te quitan toda dignidad”, denunció en una entrevista a pocos días de su primera liberación.

La presidenta del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (Cenidh), Vilma Núñez, también cree que esta joven es un símbolo de la lucha de la juventud. “Es la imagen del renacer, del resurgir de la juventud en nuestro país, Amaya tiene muchos méritos y muchas cualidades a imitar, es una persona que perfectamente pudo evadir que la torturaran. La han tenido como un objetivo principal de la represión, y con muy pocas personas, sin restar mérito a los demás presos, se han ensañado tanto como en ella”, valora.

El organismo que dirige Núñez fue el que se encargó de la defensa de Coppens desde el día que la fiscalía le imputó cargos por terrorismo. Es decir, que ha seguido de cerca a la líder estudiantil, por lo que cree que es una persona que no va a claudicar. “Tiene una meta que es ver libre a Nicaragua, ella ha sacrificado su bienestar personal, seguridad y oportunidades de beca, pero su posición es inclaudicable. Es un ejemplo a seguir por la juventud”, insiste la defensora.

A principios de enero de 2019 Amaya recibió la visita de una delegación de eurodiputados en la cárcel donde el régimen la mantenía secuestrada. El país no había visto en más de seis meses a la estudiante ni a las demás presas políticas, sin embargo en un vídeo grabado por la europarlamentaria Ana Gomes las reclusas se mostraron firmes. Todas hablaron para los políticos y les narraron los vejámenes.

- Nos dijeron que tenías unas heridas en las piernas. ¿Ya se te han quitado?, pregunta un eurodiputado.

-No, son morados. He tenido problemas de hipertensión, entonces me salen muchos morados, pero no son heridas , responde la joven mientras muestra las piernas afectadas.

En el vídeo subido a las redes sociales se escucha a otros políticos preguntar si Amaya es la estudiante de quinto año de Medicina. Otro consulta si es la que cuida a sus compañeras reclusas.

-Intento, porque no nos dejan pasar medicina, comentó. Ese día Amaya vestía una holgada camiseta azul, un turbante azul en cabeza y una chanclas color verde. Por vez primera Nicaragua conoció la intimidad del encarcelamiento de las presas políticas.

Ese mismo día narró en francés las vicisitudes que para entonces había vivido en la cárcel y ante un trato preferencial ofrecido por los eurodiputados por ser ciudadana del Viejo Continente respondió: “No me voy de aquí hasta que suelten a todos mis compañeros”. Tras su excarcelamiento además señaló que aceptar el apoyo belga e irse de Nicaragua no era justo ni coherente.

En septiembre de 2019 Amaya emprendió una gira por Europa para denunciar al régimen y poner nuevamente en agenda la crisis de Nicaragua. Hizo una parada por Madrid en donde se encontró con la diáspora, políticos españoles y medios de comunicación. En una entrevista con Despacho 505, la estudiante dijo que el régimen había desatado una descarada campaña de mentiras para mandar un mensaje de normalidad, pero la realidad es que seguía arrestando a los nicaragüenses y asesinando a campesinos en las montañas del país. “La crisis de Nicaragua ha pasado a segundo plano”, reclamó.

Por esos días, Amaya pudo optar por quedarse en Bélgica, pero decidió retornar al país. La noche del 29 de diciembre pasado le pregunté a su mamá si no le plantearon la posibilidad de quedarse en el exilio en Europa y me contestó que su hija está plenamente comprometida con la lucha contra la dictadura, la injusticia y las violaciones a los derechos humanos. “Cuando estuvo de gira por Europa estaba clara que era una gira de información sobre Nicaragua, lo hizo sola, fue agotadora la gira, eso pude ver cuando regresó. Tenía muchas entrevistas, muchos encuentros, pero en ningún momento pensó en quedarse fuera del país”, dice su madre.

“El exilio es un tema que no iba con ella, en algún momento, un poco antes que la detuvieran en León, la habíamos casi convencido de por lo menos salir un momento, había gestionado su pasaporte, pero no se pudo hacer. Y después que salió de la primera carceleada, algunas veces le insistí que saliera un momento para sanearse, para curarse, pero la verdad es que el tiempo pasó y no hubo tiempo para discutirlo seriamente”.

Y a pesar de haber sido expulsada por autoridades de la UNAN-León, Amaya estaba buscando una universidad nicaragüense en la que pudiera culminar su carrera de Medicina. “Su intención es terminar sus estudios, seguir en la lucha, y seguir dentro de Nicaragua, nunca ha sido su objetivo retirarse”, confía su mamá.

A las 11 de la noche del 18 de noviembre Amaya Coppens mandó un mensaje por WhatsApp a su mamá para informarle que se encontraba en Masaya, que había viajado a entregar agua a madres de presos políticos que protestaban en la iglesia San Miguel y que se seguiría comunicando con ella por la misma vía. “No te preocupés, estoy bien, no te preocupés”, le escribió. La estudiante omitió contar que se encontraba en la delegación policial de Masaya y fue hasta dos horas después, entrada la medianoche, que Tamara Zamora supo que su hija había sido detenida por segunda vez.

“Cuando tuvo su primera entrevista con el abogado recuerdo que me dijo que estaba preocupada porque sabía que iba a ser un golpe tremendo, y en efecto así fue. (Guarda silencio y llora.) Estaba clara que podía ser arrestada”, reconoce entre sollozos. En la madrugada del día siguiente ella y su esposo partieron de Estelí a Managua a repetir el calvario de permanecer en las afueras de la Dirección de Auxilio Judicial, a espera de noticias de su hija.

Sus padres siempre tuvieron presente que su arresto era cuestión de días o horas, y ante ese alto riesgo Amaya optó por pasar en la clandestinidad. En sus palabras, la niña terca, ahora ya adulta, se negaría a dejar de denunciar al régimen o peor aún permanecer pasiva ante las constantes violaciones a los derechos humanos. El régimen arruinó el plan de la familia Coppens Zamora de pasar juntos una Navidad en la que Amaya se reencontraría con sus dos hermanos.

“Nuevamente quedamos unos por un lado y otros por otro lado, y mientras nosotros estábamos asistiendo a la Amaya el 24 de diciembre mis hijos, que se habían ido donde los abuelos a pasar Navidad en Chinandega, fueron agredidos por paramilitares, esa fue la Navidad que tuvimos, un nuevo susto, doloroso, y así seguimos en esa zozobra”, señala Zamora al otro lado del teléfono. Diego (28 años) y Santiago ( 16 años) fueron brutalmente agredidos por las turbas y entregados a la Policía. En la imagen que difundió la familia, Diego aparece con el rostro ensangrentado.

Este 30 de diciembre, a las ocho de la mañana, Diego y Santiago recibieron a su hermana Amaya en la casa de Estelí. Su padres Tamara y Frédéric se encontraban en Managua porque tenían pensado visitar a su hija en la víspera de hoy. La noticia de la liberación de los presos políticos, entre ellos Amaya, tomó por sorpresa a todo el país. A su reencuentro, los hermanos se fundieron en abrazos. Uno se encargó de hablar con los policías que la trasladaron hasta su ciudad y otro hacía sonar un cacerola y gritar consignas contra la dictadura. El régimen en vez de intimidar a esta familia, le ha impregnado fortaleza para seguir denunciándolo.

Y tras dos años de ausencia en las fiestas de diciembre, Amaya por fin pasará la Nochevieja con su familia.

Nota: Amaya Coppens fue elegida Persona del Año por el Comité Editorial de Despacho 505, compuesto por editores y expertos en diversas disciplinas. Este artículo contó con la colaboración de Léster Arcia en Managua y Roberto Mora en Estelí.

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