Mantegna y Bellini, los "cuñados" del Renacimiento

Eran cuñados, Mantegna y Bellini. Uno nacido en Padua y curtido en Mantua; el otro afincado toda su vida en la Venecia del Renacimiento. Distantes, distintos y sin embargo. Pues en la pintura, como en la política, existían también los matrimonios de conveniencia, y era bueno unir fuerzas, para atraer patrones millonarios y seguir alimentando la rueca del arte.

Todo esto lo cuenta Gabriele Finaldi, ex director adjunto del Museo del Prado y al frente desde el 2015 de la National Gallery de Londres, donde se dan finalmente la mano Andrea Mantegna (1430-1506) y Giovanni Bellini (1459-1516). Estamos ante la primera exposición consagrada a la intimísima relación entre los "dos pilares del Renacimiento".

"Los dos tuvieron una enorme importancia en todo lo que vino después", recalca Finaldi. "A su manera, cada uno aportó algo nuevo. Mantegna, como precursor del "revival" de la antigüedad clásica, con su devoción por la arquitectura, su claridad y su precisión. Bellini, como el intérprete poético del paisaje, celebrado como el pintor que trajo "una nueva primavera a todo el mundo".

La idea de unir a los dos grandes maestros en un pulso artístico de 90 obras surgió a partir de dos cuadros con un mismo título: El jardín de la agonía. Mantegna fechó el suyo entre 1458-60, y Bellini recogió el testigo cinco años más tarde. En el primero destacan la abigarrada composición y las moles arquitectónicas. El segundo se ensancha en la desolación de un paisaje que tiene algo de místico.

Más difícil resulta sin embargo apreciar las diferencias entre las dos versiones de "La presentación de Cristo en el Templo". La de Mantegna, fechada en 1454, pone en primer plano a la Virgen, al niño y a Simeón, sus cabezas rodeadas por el halo de la santidad. En la versión de Bellini, el halo desaparece y es la luz la que ilumina los rostros; la panorámica se ensancha y aparecen nuevos testigos.

Durante su vida y obra, Mantegna y Bellini se miran y se copian, se retroalimetan más bien. Los dos cuñados tienen algo de rivales y de socios, bajo la mirada sempiterna de Nicolosia, que ejerce a su manera de musa: las dos "presentaciones" de Cristo están muy ligadas con su maternidad.

"Hasta cierto punto, es difícil pensar en dos artistas más diferentes", advierte Caroline Campbell, comisaria de la exposición en la National Gallery. "Mantegna es un artista hecho a sí mismo, hijo de un carpintero, en una ciudad próspera y vibrante (Padua) que sin embargo no es Venecia, el epicentro del Renacimiento, donde nace Bellini en una familia consagrada y privilegiada de artistas".

"Como pintores son también muy diferentes", aprecia Campbell. "Mantegna es el pintor intelectual que da nueva vida a la antigüedad clásica, un maestro a la hora de contar historias. Bellini usa la luz, el color y el paisaje no solo para crear belleza, sino para causar una respuesta emocional ante la pintura".

"Las raíces del arte moderno se encuentran en estos dos pintores", asevera la comisaria de Mantegna & Bellini. "Estamos ante dos figuras de la talla de Tiziano o Paolo Veronese, fundamentales para entender a Leonardo, Rafael o Miguel Angel, y vitales para comprente la importancia de la colaboración y la innovación eN la historia del arte".

Durante al menos siete años, y peses a las distancias, Mantegna y Bellini mantienen un "diálogo creativo" que salta la vita en las seis salas que componen la exposición: de la titulada Principios al epílogos de La Antigüedad, pasando por Exploraciones, La Piedad,Paisajes y Pinturas devocionales y retratos.

"La influencia de Mantegna en Bellini, más joven, es más palpable en los primeros años", advierte Campbell. Pero con el tiempo Bellini asciende a la categoría del "mejor pintor de Venecia", y es Mantegna quien se nutre de las innovaciones de cuñado cuando se traslada a Mantua como pintor de la familia Gonzaga".

Los triunfos de César, Cristo bajando al limbo, San Sebastián y el Tránsito de la Virgen (cedido por el Museo del Prado) son algunas de las obras fundamentales de Mantegna, exhibidas junto la serie de La Pietá, La transfiguración de Cristo, El descenso de Cristo al limbo o San Jerónimo leyendo en un paisaje de Bellini.

Más de tres años de trabajo, y la labor de cuatro comisarios (Caroline Campbell, Dagmar Korbacher, Neville Rowley y Serah Vowles) ha requerido la que se anuncia ya como la exposición obligada del otoño londinense, que marca también un hito en la colaboración entre la National Gallery y los Museos Estatales de Berlín, con el Museo Británico como "padrino" de esta inusual boda artística fechada en el Renacimiento.