Noticias NicaraguaEditorialOscar René Vargas: para la dictadura lo real no siempre es real

Oscar René Vargas: para la dictadura lo real no siempre es real

Para la dictadura cada nicaragüense es un potencial enemigo. La dictadura ha convertido a sus seguidores en fanáticos que consideran que el enemigo es el otro, el piensa diferente. Para los miembros del círculo íntimo del poder el enemigo es el que no piensa como Ortega. La unanimidad sólo puede existir en una sociedad totalitaria, a ese estadio nos quiere conducir la política represiva del régimen. Desea que la sociedad acepte la violencia siempre que le ocurra al otro, con la intención de minar la confianza y la solidaridad entre los ciudadanos.

Personalmente creo en la contradicción, en el debate y que no todo el mundo piense lo mismo. Pero ese debate democrático no es lo que estamos viviendo. Lo que estamos viviendo es una transformación del disidente en enemigo. Y esa visión es a la que la dictadura nos quiere acostumbrar. Eso rompe cualquier posibilidad de diálogo, de colaboración social y además genera violencia e intolerancia. La dictadura ha ido rompiendo la noción de una realidad común y haciendo imposible el diálogo debido a su capacidad de leer y aceptar la realidad.

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A veces lo real no siempre es real, y la culpa de esa aparente contradicción la tiene la dictadura que no acepta la realidad de la mayoría de la población, de los “de abajo”. Los miembros de la nomenclatura aplauden los discursos de Ortega, eso tiene un interés informativo para los medios de comunicación, pero no deja de ser un ejemplo de que lo real para la dictadura, pocas veces tiene que ver con la realidad de la mayoría de la población.

                                                           

El tiempo dirá cuál será el balance de la dictadura. Sin embargo, de momento, es evidente que está acarreando para el país un enorme coste en términos económicos, sociales y geopolíticos. En el frente económico, la crisis sociopolítica no ha provocado un colapso total, pero el daño es grave. La fuga de cerebros pasará factura en el desarrollo futuro del país, impedirá que el país pueda funcionar todo el capital humano necesario para la reconstrucción.

Todo esto es el resultado de decisiones alumbradas en una lógica de poder con graves distorsiones. Una lógica presente en la cultura política tradicional y en el régimen actual, una lógica por la cual el dirigente debe ser a la vez un hombre fuerte y temido y que obviamente representa una gran debilidad para el sostenimiento del sistema. La coyuntura de crisis sociopolítica va estrechamente vinculada a cuestionables aspectos del modelo de gobierno del país, en concreto indicios de nepotismo y extralimitación de la pareja presidencial.

El entorno del “gran jefe” no se atreve a hablar libremente delante de su superior ni transmite de forma fidedigna toda la información que tiene, que a su vez ha sido filtrada por sus subalternos de acuerdo al criterio de lo que presuntamente más le puede agradar oír al superior. En estas circunstancias, las decisiones tomadas, la estrategia diseñada, están debilitadas, invalidadas de raíz, porque se apoyan en una serie de datos e informaciones que poco a nada tiene que ver con la realidad cotidiana.

La incapacidad de la dictadura para admitir un error tiene claramente un papel en la situación que estamos viviendo: incremento en la escala represiva. Ellos han vinculado tanto su legitimidad -y la reputación del propio Ortega- a la política de mantenerse en el poder a cualquier costo, por lo tanto no pueden cambiar de políticas. Este tipo de rígida dinámica de “no se puede dar marcha atrás”. Es evidente que otras posiciones pudieran de hecho mejorar la legitimidad del régimen ante mucha o parte de la opinión. Pero ellos han dedicado tanto de su esfuerzo a justificar su política de exclusión y represión, que sienten que simplemente no pueden dar marcha atrás sin autoinfligirse un gran golpe a su control del poder.

El otro factor que influye en la política cotidiana y su incapacidad de cambiar de política es la concentración de poder en la figura de Ortega-Murillo y el tipo de “culto de la personalidad” que han creado: que siempre tienen la razón. Cada día tiene en sus manos casi todas áreas políticas y es menos colectivo en el proceso decisional. Además, ha tomado una línea mucho más dura en la supresión del disenso dentro del gobierno como en la sociedad en general. El resultado es que, para profesionales que trabajan en el gobierno y para aquellos que quizás apoyan al régimen pero quieren ayudarle a gobernar mejor, es más difícil hacerse escuchar. Estos problemas y las circunstancias actuales ponen en evidencia deficiencias muy alejadas de la eficiencia trompeteada.

La nueva oligarquía (conformada por nomenclatura política, económica, militar, policial) ha ido afianzándose en la estructura social, y en gran medida se han apoyado en procesos de selección nepotistas, endogámicos. Esto vale tanto para las altas esferas como a nivel de pequeños alcaldes. La base del poder de Ortega-Murillo reside en una distorsión de ciertos elementos sociopolíticos que son propios al caciquismo. Por supuesto esto lleva a tomas de decisiones abusivas, erradas y contraproducentes a sus propios intereses.

En la cultura política tradicional prevalece la lógica de que el que manda, manda. Y si se equivoca no importa, vuelve a mandar. El marco general en el que se vive actualmente fomenta la impunidad, el nepotismo, el autoritarismo, el irrespeto al más débil. La impunidad recorre todos los intersticios de la sociedad, la impunidad ha estado presente en la historia del país, presentándose hoy descaradamente en cada acto puntual del poder.

Ortega ha verbalizado la idea que la esencia democrática reside más en el servicio social prestado a la ciudadanía y no en las instituciones democráticas y ciertos mecanismos de representación. Sin embargo, los acontecimientos de los últimos meses cuestionan el mantra de la eficacia de esa interpretación del concepto orteguista de democracia. Las debilidades propias de la gestión autoritaria, sustancialmente son, los mecanismos de toma de decisión lastrados por falta de pluralismo, miedo a hablar incluso dentro del sistema, endogamia, nepotismo, dogmatismo, corrupción, eternización de liderazgos. Mientras tanto, el sufrimiento producto de la represión, y el éxodo de los jóvenes, siguen.

Las cicatrices de la dictadura Ortega-Murillo y los efectos en cascadas de su gestión son: muertes, presos políticos, exilio, golpe a la economía familiar, aumento del trabajo infantil, deterioro de los medios de subsistencia, aumento de los precios de los alimentos básicos, alto riesgo de inseguridad alimentaria, pobreza, empleo, desnutrición, bajos salarios, caída de la calidad de la educación, migración desordenada producto cierta hemorragia demográfica y concentración de la riqueza en los “de arriba”.

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La persecución continúa y se amplía. La pobreza y la desnutrición mata a los vulnerables. Crece el riesgo de mayor disidencia al interior del orteguismo en la medida que el régimen incrementa los atropellos a todos los sectores sociales. Mientras tanto, la dictadura sigue debilitándose al continuar pensando que lo real no siempre es real.

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