El fanatismo político

El fanatismo político es enfermizo. El fanatismo del gobernante autoritario es de un enfermo de poder que se cree predestinado. Su fanatismo nace desde su convicción y su creencia de tener un papel predestinado, crea un sistema político que no tiene un fundamento filosófico sino en su visión del poder que está construida por su deseo de permanecer en el poder indefinidamente.

El fanatismo de sus operadores políticos es un fanatismo cínico: saben lo que están haciendo, por qué lo hacen. Obedecen, aunque saben que están transgrediendo principios éticos, morales y valores. Y al mismo tiempo son de esas criaturas que asumen la función de verdugos con una tranquilidad y una ligereza tremendas; por ejemplo, los jueces.
El fanatismo de los militantes de base es un fanatismo obediente, casi perruno. Es un fanatismo simple. Es la idea de que por su bien tienen que ser obedientes y aceptar la decisión de la dirigencia.

Inevitablemente el fanatismo nos conduce al fundamentalismo. Un fundamentalista es alguien que cree ser dueño de la verdad, y por esa verdad es capaz de hacer cualquier cosa, incluso torturar y matar. La cultura de la muerte es también parte del fanatismo del poder autoritario. En la lógica de Ortega se traduce: el poder o la muerte.

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