Daniel Ortega, a perpetuidad

El 10 del corriente mes, el presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, cumplió 14 años consecutivos en el poder. Con un absoluto control político y militar, ejerce un fuerte dominio sobre sus opositores y ya tiene la mirada puesta en un nuevo mandato por un lustro.

El mandatario, de 75 años y máximo líder del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), ha dominado durante los últimos 40 años la política de Nicaragua, el tercer país más pobre de América Latina, detrás de Haití y Venezuela.

La permanencia de Ortega en el poder ha causado polarización en Nicaragua, ya que mientras sus seguidores confían en que no hay nadie que pueda sustituirlo, los opositores están convencidos de que el exguerrillero no tiene capacidad para dirigir el país, ya que aplica políticas económicas que son rechazadas y basa su gestión en métodos represivos.

En abril de 2018, literalmente aplastó una revuelta popular, disparada por una controvertida reforma de la seguridad social, que dejó cientos de muertos, de detenidos y decenas de miles de ciudadanos en el exilio. Según diversos sectores, incluido el Episcopado nicaragüense, el líder sandinista apunta a perpetuarse en el ejercicio de un poder concentrado principalmente en su familia, en el control social y militarizando el Estado.

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Desde 2017 Ortega tiene a su esposa, Rosario Murillo, como vicepresidenta y se alista para su cuarta reelección, la tercera consecutiva desde 2007, sin permitir hasta ahora la libre movilización y organización de los opositores, que lo catalogan como un dictador. En palabras del político opositor Eliseo Núñez, "luchar contra un dictador es una obligación, no una opción".

Sin embargo, en Nicaragua no existe un líder visible en la oposición por varias razones, entre otras, porque no hay garantías de respeto por los derechos humanos ni por la libertad. Temen por sus vidas.

Con un sistema de partidos en decadencia, asociado al colapso del sistema electoral y una creciente desconfianza ciudadana, resulta prácticamente imposible que tales liderazgos populares quieran apostar su capital político. A esta compleja situación se le suma la fragmentación de la oposición por pugnas de poder, desconfianza mutua y diferencias ideológicas, a menos de diez meses de que se celebren las elecciones nacionales en ese país.

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Solo una oposición unida, sin fisuras, podría llegar a consolidarse como la fuerza ganadora en los próximos comicios, una dirigencia que sea capaz de derrotar a la actual dictadura para convertirse en el pilar fundacional de una nueva república democrática.

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