Los aduladores del poder

Los acontecimientos del año 2019 nos demostraron que el poder se revela como una droga alucinante, capaz de transformar el buen juicio de cualquiera y obnubilar su raciocinio.

El desvarío del poderoso, que cree tener una misión mesiánica para alcanzar metas fabulosas, vocación faraónica que nubla la mente, y conduce al aprendiz a dictador hacia el fracaso.

Desgraciadamente el fracaso no es individual ni puramente personal. Antes, el obnubilado arrastrará consigo a los demás, a los cortesanos que les rodean y a los que les adversan.

Conduce al país, con su ceguera, hacia el borde del precipicio. No le importa, su mente está poseída por la idea del poder infinito, por el afán interminable del mando y la hegemonía absoluta.

A su lado, en sumisión, un coro de leales e incondicionales entonan los cantos cortesanos. Son los lambiscones del poder, que nunca faltan.

Entre ellos, sobresalen los magistrados, los que se encargaron de retorcer las leyes para dar sustento formal a las argucias y falsedades del poder autoritario.

Los aduladores, en la mayoría de los casos, se trata de chapuceros arribistas a los que no les interesa en lo más mínimo solucionar los problemas fundamentales del país; simplemente sirven al patrón del momento, al que no dudarán en traicionar cuando llegue la hora del peligro.

Más allá, en la fila de espera, se alinean los curas y pastores que reciben prebendas o tienen algo que ocultar; los diputados, eso que dicen ser los representantes de todos nosotros; los empresarios rentistas, aliados coyunturales; por último, los políticos comparsas; todos ellos forman parte del teatro de la política nacional. Todos ellos le cantan loas al dictador.

En el 2020, la sociedad civil habrá de enfrentar obstáculos y encrucijadas, abismos y hondonadas, riesgos y peligros. Ojalá que logremos sortearlos y podamos salir indemnes de esta alocada travesía a la que nos empuja la insensatez del poder y la ambición desmedida de unos cuantos cortesanos.

Los miembros de la sociedad civil no debemos permanecer indiferentes a la problemática nacional, a riesgo de quedar convertidos en obedientes y sumisos súbditos. Es la hora de la unidad para salirle al paso a la irracionalidad del poder e impedir un nuevo ciclo de violencia.

La oposición ciudadana, más que partidaria, debe ser opción permanente, alternativa creadora, propuestas novedosas, si es que en verdad se quiere ser instrumento de cambio, de la transformación social y de la democracia política.

El pueblo perdió el miedo. Ortega perdió al pueblo. El poder crea adicción. El dictador, adicto al poder, no prevé su caída. Es la metamorfosis del derrumbe del poder autoritario.

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